sábado, 9 de mayo de 2026

El infierno está vacío [reseña 1994]

 


Mario Vargas Llosa. Lituma en los Andes. Planeta, 1993, 312 pp.

Félix Reátegui Carrillo

Cuando a mediados de 1993 apareció El pez en el agua, el volumen de memorias de Mario Vargas L1osa, las incómodas anécdotas y los juicios iracundos que en él abundaban envolvieron pronto el libro en un ambiente de escándalo que entorpeció la inteligencia de una serie de detalles lo suficientemente significativos como para hablar de una nueva estación crítica en la trayectoria del novelista.
Uno de esos detalles es el hecho de que Vargas Llosa haya elegido un juicio de Max Weber sobre el mundo de la política para colocarlo al frente de unas memorias fuertemente marcadas por la desilusión. Con esa cita, el más importante pensador en el ámbito de la sociología se sumaba a una constelación de influencias –Vargas Llosa hablaría de "demonios culturales"– dominada por enormes creadores de ficción o por escritores que, como Jean Paul Sartre o Georges Batail1e, han sabido hacer de la filosofía, el pensamiento social, la reflexión estética, una especulación libre sobre las motivaciones oscuras de la vida humana.
Pero el epígrafe mismo suponía una elección muy reveladora. Pues en él Vargas Llosa no ponía sus memorias bajo la advocación del racionalista a ultranza y divulgador de la diafanidad de la vida occidental moderna que, en gran medida, fue Max Weber. Antes bien, esas líneas que hablaban de un mundo "regido por los demonios" y que aseguraban que "quien se mete en política ha sellado un pacto con el diablo, de tal modo que ya no es cierto que en su actividad lo bueno sólo produzca bien y lo malo el mal", pertenecen a un Weber crepuscular, heredero de Nietzsche y del romanticismo, que, aunque menos conocido, es tan importante y deslumbrante como el intérprete de la racionalidad moderna.
Lituma en los Andes, la más reciente novela de Vargas Llosa, es una historia de incertidumbre e incomprensión. En ese relato de la peripecia de dos policías que en un mísero campamento minero perdido en los Andes buscan esclarecer la desaparición de tres personas, mientras a su alrededor Sendero Luminoso comete mil y una atrocidades y los pobladores comentan resignadamente el regreso de demonios andinos conocidos como pishtacos y mukis, la actitud racional es, antes que un instrumento, un obstáculo para la recta comprensión de los hechos. Esa idea central es transmitida al lector mediante la manipulación del punto de vista, habitualmente impecable en Vargas Llosa: en este caso, la conciencia del cabo Lituma, piurano alérgico al mundo andino, es el filtro por el que pasarán todos los datos de la novela para generar una atmósfera de desconcierto.
Pero a esta idea se añaden otros temas que, girando entorno del motivo fundamental, la incomprensión del mundo por la mente racional, otorgan una densidad particular a la novela y la convierten en un verdadero muestrario de las barbaridades que componen la vida, no sólo de la sociedad andina, sino de la sociedad humana en general.
La historia que cuenta Lituma en los Andes discurre por tres grandes ramales, distribuidos en cada capítulo de la novela. En primer lugar, la investigación de las desapariciones, que Lituma y su adjunto Tomás Carreño atribuyen de primera intención a Sendero Luminoso. En el curso de sus averiguaciones, ambos policías se enfrentan a las creencias y supersticiones del lugar, arraigadas en el común de los pobladores y alentadas insidiosamente por los dueños de la cantina –Dionisio, trasunto del mítico Dionisos y como tal instigador del desenfreno orgiástico, y su esposa Adriana, mezcla de bruja y pitonisa–. En segundo lugar, las masacres protagonizadas por Sendero Luminoso, y en la segunda parte del libro, los soliloquios de Adriana en los que relata historias de mukis y pishtacos, así como su propia historia y la de su marido. Y, en tercer lugar, la historia de policías corruptos, narcotraficantes y asesinato por amor protagonizada por Tomás Carreño.
Esas tres vertientes avanzan paralelamente, para unirse en un solo cauce hacia el final. Pero más importante que esa magnífica operación formal, en la que Vargas L1osa es experto, es la sutil correspondencia temática que se establece entre ellas por medio de un sistema de vasos comunicantes, un recurso técnico que Vargas Llosa toma de Flaubert, y mediante el cual logra que los conceptos contenidos en un episodio de la ficción contagien, mediante vagas alusiones, a otro distinto, de modo que todo el mundo ficticio aparezca dotado de una turbadora unidad.
Así, la incomprensión del mundo real, los límites de la razón, son el motivo que invade todas las zonas de la historia. Su agente principal es el fanatismo, que aparece en los dos primeros ramales: la superstición de los obreros, capaces de matar por miedo y vagas esperanzas, y también la ferocidad de Sendero Luminoso, máquina de matar al servicio de otra idea, la revolución, así como el fanatismo benigno, casi imperceptible, de turistas franceses y ecologistas que van hacia la muerte impasibles, casi estúpidos, confiados en hacer prevalecer sus buenas razones en el territorio de la irracionalidad. El espíritu práctico, bueno y estrecho de Lituma, no comprende estos asesinatos en nombre de ideas sin sustento: sacrificios a los dioses tutelares o a la revolución. Pero, igualmente, es incapaz de admitir un asesinato por amor –el de Tomás Carreño por Mercedes–, es decir, sin beneficio a la vista. En ciertas situaciones, parece decirnos Vargas Llosa, el hombre que busca motivos racionales va perdido. Así lo entendió Max Weber, quien hizo de su sociología una empresa de comprensión humana erigida sobre el supuesto de que los hombres actúan racionalmente, y más tarde, un año antes de su muerte, acabó por conceder que la política se halla bajo el imperio de los demonios.
Sociedades atrasadas e incomprensibles, fanatismos desatados y credulidades pasmosas conforman el universo mental de Lituma en los Andes. A lo largo de ese universo transitan los viejos temas de Vargas Llosa: la corrupción de la sociedad criolla, el descubrimiento y el acatamiento del mal como parte de la educación sentimental de todo, individuo; las metamorfosis de los personajes después de atravesar peripecias traumáticas. Y sobre esos temas sombríos, continúa vigente, ahondándose, la exploración sobre los límites de la novela y la potencia de la poética realista para fraguar mentiras seductoras y plenamente engañosas. Todos esos temas, salpicados por la irrupción de diablos andinos que, pese a todo, siguen vivos en la imaginación de miles de pobladores del Perú, están al servicio de una pintura apocalíptica de nuestra realidad. Realidad y novela complejas, laberínticas, sobre las que el novelista finge haber perdido el control, y que dotan a la trayectoria de Vargas Llosa de una estación shakespereana, pues al terminar la lectura de Lituma en los Andes, es poderosísima la impresión de que, como en el célebre episodio de La tempestad, "el infierno está vacío y todos los demonios andan aquí."

(Publicado en Argumentos # 16, febrero de 1994)



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