Por Félix Reátegui Carrillo
Carrión, Julio F., Jorge Aragón y Patricia Zárate. Desencanto. Opinión
pública, ciudadanía y democracia en Perú. Lima, Instituto de Estudios
Peruanos, 2026.
La democracia peruana está en un estado ruinoso y hay varias formas de mostrarlo.
Una de ellas, la más directa, es observar el marco normativo autoritario que se
ha construido poco a poco, pero de modo indetenible, en los últimos años. Otra vía
es registrar la escasa adhesión ciudadana al sistema democrático y su preferencia
por regímenes autoritarios. La primera demostración es categórica, pero hasta
cierto punto contingente, pues, en última instancia, las normas pueden cambiar cuando
las correlaciones de fuerza se modifican. El segundo tipo de evidencias, en
cambio, tiene una implicancia estructural, o histórica, pues nos dice que el
régimen democrático está asentado sobre un tejido de creencias y actitudes
extremadamente frágil, vulnerable a cualquier circunstancia percibida como una
crisis.
Ese podría ser un corolario general del comprehensivo estudio sobre opinión
pública y democracia publicado por Julio Carrión, Jorge Aragón y Patricia
Zárate con el título de Desencanto. Opinión pública, ciudadanía y democracia
en Perú. El estudio se apoya fundamentalmente en encuestas del Barómetro de
las Américas y del Instituto de Estudios Peruanos y cubre, en términos generales,
el primer cuarto de este siglo; es decir, desde la recuperación de la
democracia tras la caída del régimen autoritario de Alberto Fujimori. Y lo que cuenta
es, literalmente, la historia de un desencanto.
El primer párrafo de sus conclusiones resume eficazmente el panorama: “lo
que encontramos, en general, es un país desconfiado que apenas confía en su
familia, muestra poco interés en la política, ha visto colapsar sus simpatías partidarias,
ofrece un débil apoyo a la democracia, se muestra muy descontento con el
desempeño del sistema político, no siente orgullo ni respeto por este sistema,
ni cree que él defiende los derechos fundamentales de las personas, y se siente
muy desconectado de sus representantes” (p. 269).
Para llegar a esta conclusión, tan desoladora como inquietante, los autores
han dedicado once capítulos -del 2 al 12— a revisar las preferencias ciudadanas
sobre una diversidad muy completa de asuntos; estos van desde las formas en que
los individuos se sitúan frente a la convivencia social hasta temas de la
agenda pública como, ostensiblemente, la inseguridad ciudadana y la corrupción.
Antes de ingresar al análisis de esas preferencias, un útil primer capítulo
traza el estado de la cuestión sobre opinión pública desde la óptica de la
ciencia política.
Los límites para la construcción de la democracia en el Perú aparecen retratados
a lo largo de todos los capítulos. Tal vez, desde una mirada sociológica, lo
más resaltante sea la ínfima confianza interpersonal que existe en el país. En
el 2023 el nivel de confianza interpersonal en el Perú está 12 puntos por
debajo del promedio latinoamericano (57.9% vs. 45.4%) y se sitúa en el
antepenúltimo lugar, solo por encima de Nicaragua y Bolivia[1].
Más significativo aun puede ser observar la estructura de la confianza en
el país. Según una medición de la Encuesta Mundial de Valores 1996-2018, la
confianza particularista (es decir, la confianza en familiares y allegados) es
del 90%, mientras que la confianza generalizada o abstracta es inferior al 10%.
Esta es, se podría decir, una sociedad en donde el otro es un potencial enemigo
mientras no demuestre lo contrario. Como apuntan los autores, eso es un claro
límite para el desarrollo económico, la fortaleza de las instituciones y, desde
luego, el sistema democrático. Un correlato de esa desconfianza generalizada
puede hallarse, extendiendo la interpretación, en la invalidez de las reglas de
convivencia, en tanto las reglas requieren, en primer lugar, que la población
internalice criterios de abstracción, esto es, el respeto y la buena voluntad
hacia el otro, independientemente de quién sea.
En el otro extremo de la percepción pública están las instituciones y el régimen
político en sí mismo, y los resultados no son sorprendentes, pero sí
lapidarios. El compromiso normativo con la democracia (es decir, la
adhesión a la idea de democracia) apenas llega al 42% en el año 2025, once
puntos por debajo de lo que se registraba en 2006. Y ese apoyo baja
consistentemente según se desciende en los niveles socioeconómico y educativo.
El apoyo a golpes de Estado (y, por consiguiente, a dictaduras) en el año 2023
es de 54% si se alega como justificación el combate a la delincuencia y del
48.5% si se dice que es para contrarrestar la corrupción. En ambos casos, el apoyo
promedio en América Latina es sustancialmente inferior: 42% y 36.9% respectivamente.
El cuadro se puede completar señalando que el Perú tiene también el más bajo
nivel de “apoyo al sistema político” en toda la región: 40.3%, a la vez que la
percepción de que vivimos en democracia ha bajado del 66.3% en 2018 al 52.8% en
2023.
Si el cuadro que dibuja Desencanto es persuasivo e inquietante ello
se debe en buena medida a la exploración metódica y como in crescendo de
valores y actitudes que realiza: el registro de opiniones sobre asuntos de la
experiencia cotidiana (aguda inseguridad, baja participación) desemboca, como
resultado en apariencia inevitable, en el rechazo generalizado al sistema. La profunda
desconfianza en los conciudadanos, e incluso los titubeos y silencios sobre
cómo definir la democracia, muestran una suerte de cultura política carcomida o,
apelando a otra figura, un sistema sociopolítico en estado de descomposición
molecular. El aparato estadístico, por lo demás, cuenta una historia que, leída
a contraluz, no habla únicamente de la percepción pública, sino también de
hechos y procesos objetivos. Por ejemplo, si se tiene en cuenta el auge macroeconómico
de los primeros quince años de este siglo y se observa, después, que hoy los
principales problemas del país son la delincuencia y la corrupción, una
pregunta cae por su propio peso: ¿cómo se relacionan el ascenso del crimen
violento y la corrupción pública con el estilo de crecimiento económico –centrado
en explotación de recursos primarios y una manga ancha para industrias informales
e ilegales—de la década anterior?
Por otro lado, si la evidencia empírica desplegada es convincente en sí misma,
también cabe preguntarse sobre lo que las categorías de medición, y las
opiniones consiguientes, quieren decir realmente en el contexto peruano.
Por ejemplo, la noción de libertad como un bien que la población está
mayoritariamente dispuesta a sacrificar a cambio de seguridad o igualdad. Desde
una óptica sociológica o de psicología social, ¿qué significa realmente para un
público peruano, ajeno a la experiencia totalitaria de la Europa del este o a
la cultura libertaria de los Estados Unidos, decir que puede ceder libertades a
cambio de seguridades? Esto nos sitúa en el terreno de la sociología interpretativa.
También cabe hacerse preguntas sobre la composición del público que emite esa opinión pública. Las categorías demográficas y socioeconómicas empleadas en Desencanto garantizan una lectura solvente de las cifras; pero, yendo más allá del libro en sí mismo, queda por considerar los desplazamientos y transformaciones que se están operando en las últimas décadas: sectores de población que modifican su posición estructural (véase, por ejemplo, el minucioso estudio de Carlos Monge sobre cómo se ha reconfigurado la relación del sector rural con el mercado capitalista[2]) o que, en un siglo dominado tempranamente por las políticas de identidad, se sitúan con expectativas cambiantes en relación con el Estado y el resto de la sociedad.
Nada de esto, claro está, mitiga la contundente evidencia ni relativiza las conclusiones que presentan Carrión, Aragón y Zárate, sino, al contrario, relieva las perspectivas que abre esta publicación. Hay en la esfera pública peruana un malestar al mismo tiempo agudo y difuso, y el trabajo de medición e interpretación de la opinión pública, al precisar sus contornos, podría ofrecer un muy útil servicio si entre quienes administran el Estado hubiera alguien dispuesto a escuchar.
(Reseña publicada en el boletín semanal de IDEHPUCP, 8/9/2026)