Mariano Torcal y Eelco Harteveld
(editores). Handbook
of Affective Polarization.
Edward Elgar Publishing, Handbooks in Political Science, 2025.[1]
Félix Reátegui
Carrillo
El mundo vive desde hace años en
un estado de aguda crispación. Esta se manifiesta en muchos ámbitos y entre
ellos, de la manera más notoria, en la esfera de la política. La gente tiende a
verse cada vez más como amiga o enemiga, como aliada o amenaza, y ese estado de
ánimo determina su presencia en la sociedad, incluyendo de modo prominente sus
preferencias electorales. Los candidatos a cargos públicos han entendido esa
lógica y se han sumado a ella para aprovecharla. Círculo vicioso: las
audiencias buscan a candidatos que les hablen como adalides para la guerra en
las que se creen embarcadas; los candidatos azuzan ese sentimiento y terminan
por competir entre ellos en intransigencia y propagación del odio. Gana el que
promete aplastar al rival, aunque sea solamente mediante insultos y
persecuciones judiciales. Las audiencias aplauden, se atrincheran en sus
posiciones, sienten confirmadas sus razones para el odio del rival, y, de paso,
se olvidan de exigirle a su candidato que gobierne con algún sentido de lo
público, que rinda cuenta de sus actos.
Los estudiosos de la política aplicaron
hace años a ese fenómeno el nombre de polarización y el término se ha
hecho familiar en la discusión pública. Se trata de una conducta (o actitud)
política consistente en colocarse en posiciones irreductibles, que se consideran
en las antípodas de otras, y que hacen experimentar la política como una contradicción
insoluble. Hay ciertas causas (demandas, ideales, nociones de lo que es
públicamente bueno o justo) que sobresalen como resortes de la polarización:
por ejemplo, el derecho al aborto o su prohibición absoluta, o todo lo relativo
a identidades u orientaciones de género o sexuales. Pero, en realidad, esa
polarización alrededor de causas no es la única que existe. A ella se ha
sumado –si es que no la ha desplazado—otro tipo de oposición en la que está en
juego algo más profundo y, por lo mismo, menos negociable, como es la identidad
misma, la noción del lugar que una persona ocupa o cree o quiere ocupar en su
sociedad. Es una polarización que pone en juego emociones y que alcanza ribetes
existenciales: ser o no ser.
Esta última es denominada polarización
afectiva y su efecto vastamente disruptivo sobre las democracias se está
haciendo cada vez más notorio. No es difícil percibir que la emergencia de
líderes autoritarios aclamados por sus sociedades es un resultado de este tipo
de animosidad. El Handbook of Affective Polarization, editado
recientemente por Mariano Torcal, de la Universidad Pompeu Fabra, y por Eeco
Harteveld, de la Universidad de Ámsterdam,
ofrece en treinta capítulos elaborados por diversos autores un asedio
exhaustivo al fenómeno, desde una discusión teórica o conceptual hasta una
apreciación de sus efectos, pasando por estudios sobre sus orígenes, las formas
de capturarlo científicamente, y la manera en que se viene presentando en
diversas partes del mundo, entre otros temas.
El término polarización
afectiva fue acuñado ya hace más de tres décadas por el politólogo Bradley
Richardson en un artículo de 1991 titulado “European party loyalties
revisited”. Desde entonces, el concepto ha hecho carrera. Aunque es una noción
en constante evolución y con muchas aristas, Torcal y Harteveld la describen
resumidamente como la tendencia de los individuos a favorecer al grupo del que
se consideran militantes (ya sea en sentido partidario o en algún otro sentido
político) y a albergar sentimientos negativos hacia los grupos opuestos. En el
capítulo 2, Shanto Iyengar, de la Universidad de Stanford, y Markus Wagner, de
la Universidad de Viena, precisarán que la polarización afectiva trasciende el
desacuerdo sobre políticas de gobierno para abarcar, en realidad, respuestas
afectivas hacia el grupo político propio y el grupo ajeno (“political in-groups
and out-groups”). Esta precisión implica una diferencia clave con otra forma de
polarización, tal vez anterior, que es la polarización ideológica. En esta se
expresa un radical desacuerdo alrededor de causas (“issues”) o de políticas de
gobierno. La polarización afectiva, que en realidad puede fermentarse a partir
de la anterior, involucra identidades y afectos. Esto tiene una consecuencia
básica y, al parecer, inevitable. Mientras la oposición se da alrededor de
causas o demandas concretas, queda un espacio, aunque sea minúsculo, para la
transacción. Los individuos pueden llegar a un acuerdo sobre la base de un
cálculo de ganancias y pérdidas respecto de lo que desean o reclaman. Cuando la
disputa es afectiva o identitaria deviene, por así decirlo, existencial.
Solo cabe ganar o perder, ser o no ser: la concesión o la derrota son
inaceptables y la victoria del opositor es sentida como un agravio personal y
como una auténtica amenaza. Es corriente, por ejemplo, la expresión “defender
nuestro modo de vida” como lema de un grupo polarizado afectivamente. En ese
clima mental –y con esto ya nos salimos del pulcro y prudente lenguaje
académico del Handbook—el candidato elegido ya no aparece solamente como
una opción política, sino que termina por ser un salvador que está más
allá de todo cuestionamiento. De ahí la estrecha vecindad entre polarización
política y triunfo del populismo, incluso en sus formas más grotescas, que es
advertida en diversos capítulos de la publicación.
Entre las fuentes de este
fenómeno se puede mencionar, en primer lugar, ciertos mecanismos psicosociales.
La militancia o adhesión a un grupo deja de ser principalmente instrumental y
deviene expresiva. La opción grupal expresa quién es o quién quiere ser
determinado individuo. Más que de conseguir algo, se trata de exclamar algo, de
exhibir un rostro en la arena pública. De ahí la necesidad de extremar el
discurso de cara a audiencias propias y ajenas. Tal vez no se ha hablado lo
suficiente de cómo es que, en el desarrollo de este fenómeno, la retórica cobra
vida propia y pasa de ser medio a ser fin y después pasa de ser fin a ser causa
eficiente de la radicalización. Esto
converge con otra de las fuentes señaladas: las pautas cambiantes de la
comunicación y de las interacciones personales –un tema en el que el papel de
las redes sociales digitales es central. Se señala también el rol que tienen las
formas de competencia política electoral contemporáneas, muy apoyadas en las
campañas de denigración del oponente (campañas negativas) y en la retórica
populista de los candidatos, que frecuentemente retratan al competidor como
heraldos de la inmoralidad o del mal antes que como simples rivales.
Las consecuencias de la
polarización afectiva son múltiples y, en general, corrosivas de la democracia.
Sin embargo, tampoco se desconoce entre los diversos trabajos, y en la amplia
bibliografía especializada en que se apoyan, que en ciertos casos esa polarización
puede ser, más bien, un resorte para la defensa del orden democrático. Es
decir, puede tener un efecto movilizador frente a regímenes autoritarios o
frente a actores de origen democrático que una vez en el poder se dedican a
destruir la institucionalidad y el Estado de Derecho –otro fenómeno político
distintivo de nuestro tiempo. Nada de ello sonará extraño para el lector
peruano.
Entre las consecuencias
corrosivas de la polarización afectiva sobresalen las que analizan dos
profesores de la Pontificia Universidad Católica del Perú, David Sulmont y José
Incio, en el capítulo 24 titulado “Affective polarization, representation, and
accountability”. Sulmont e Incio establecen, en primer lugar, la relación entre
polarización afectiva y la tendencia al voto de rechazo o negación, es decir,
la preferencia electoral no orientada por el apoyo a las propuestas de una
candidatura sino por la intención de cerrar el paso a otra candidatura, eso
que, mutatis mutandi, en el Perú conocemos como “el mal menor”. Ese voto
por negación lleva a la larga a que los electores se encuentren menos
inclinados a pedir cuentas a quien eligieron. Lo único que parecen haber
deseado es que se impida el triunfo de la opción contraria, esa que amenaza su
sentido de la realidad o su imaginación del mundo posible. (Hay que añadir que
en algunos casos la protección buscada lo es solamente contra una amenaza
simbólica; es decir, el vencedor puede imponer las políticas por las que se
odiaba al derrotado sin que por ello su audiencia le de la espalda: lo que
importaba, lo que se necesitaba evitar, pertenecía al orden de lo simbólico,
por ejemplo, al de la identificación étnica, no al de la agenda pública). El
correlato de esto, también señalado por Sulmont e Incio, es que la autoridad
elegida en esos términos no ha recibido, por lo tanto, un mandato claro,
concreto, por el cual tenga que responder. La rendición de cuentas se debilita
no solo porque el electorado se olvida de ella sino también, porque, para
empezar, no hubo ningún compromiso específico sobre el cual responder. “Si bien
la polarización afectiva puede estimular la participación política –dicen los
autores--, existe la preocupación de que lo haga de una forma que reduce la
rendición de cuentas en vez de fortalecerla”.
El problema de la polarización
afectiva nace de adhesiones partidarias que, en algún momento, por los factores
mencionados arriba, se transmutan en piezas centrales de identidad individual y
grupal. Eso plantea una interrogante particular para América Latina, donde el
fenómeno se da la mano con sistemas partidarios históricamente frágiles y hoy
particularmente volátiles. El tema es abordado en el capítulo 9, “Affective
polarization in Latin America”, por Juan A. Moraes, de la Universidad de la
República (Uruguay), y Sergio Béjar, de CIDE-México, quienes remiten el
fenómeno a la presencia de caudillos, en vez de partidos, y a la gravitación de
las diferencias sociales (que en varios países de la región, como se sabe, no
son solamente socioeconómicas, sino también étnicas). Dicen Moraes y Béjar que
“en países donde los partidos son con frecuencia capturados como vehículos
electorales por líderes personalistas sin intenciones de construir una
organización partidaria, son más altos los niveles de polarización alrededor de
un líder, lo cual revela una fuente alternativa de polarización afectiva en la
región”. No es ajena a esta dinámica, como también es señalado por los autores,
esa forma de la sensibilidad política latinoamericana que es el
“antipartidismo”, que en el Perú fue lanzada por el fujimorismo como rechazo a
la “partidocracia”.
La polarización afectiva se
presenta hoy en la región, y en el mundo, como una tendencia en ebullición.
Todos los factores que la impulsan, desde los mecanismos psicosociales de
afirmación de identidades hasta el descrédito de la forma de representación
política tradicionalmente centrada en partidos políticos, están lejos de
desaparecer. Y quizá la única fuente de mitigación del fenómeno que cabe
esperar es que los diversos públicos, tanto los ocasionales vencedores como los
transitorios perdedores en estas contiendas de identidades heridas, descubran
que todo ello no hace sino fomentar tendencias autodestructivas en cada
sociedad, por ejemplo en la forma de divisionismo social, parálisis frente al
cambio climático y desastres sanitarios como el Covid-19, y carta blanca para
la corrupción de cada salvador de turno.
(Publicado en el Boletín de Idehpucp)
[1] El libro se encuentra disponible
para descarga gratuita en https://www.elgaronline.com/edcollbook-oa/book/9781035310609/9781035310609.xml?fbclid=IwY2xjawM_09xleHRuA2FlbQIxMABicmlkETE0YjBZRFZKVmltM29PVXI2AR5unygiJV4VEFBf8P9UDm7GM3u882bSVKm_J8fPnIr7MhPFF8doSBWei70Q5A_aem_8YxFh28dbR08d_DUk2JrlQ
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