Sofía Macher Batanero. Prohibida la tristeza. Resistencia de mujeres en cautiverio por Sendero Luminoso. Lima, Fondo Editorial de la PUCP, 2023.
Félix Reátegui Carrillo
El secuestro de un amplio contingente de población ashaninka por Sendero
Luminoso se cuenta entre los episodios más cruentes del periodo de violencia
armada. El peor momento de esa trágica historia se ubica a fines de los años 80
y en los primeros años 90, cuando aquella organización terrorista obligó a
miles de personas a internarse monte adentro ante el avance de las fuerzas
armadas en las zonas del valle del río Ene. Sin embargo, esto es parte de una
historia mucho más larga. Esta se remonta prácticamente a los años iniciales de
la violencia. Se trata, en suma, de una historia de una década durante la cual
se alternan diversas modalidades de atrocidad contra un pueblo al que Sendero
Luminoso había convertido en su masa, un contingente humano sin rostro,
sin identidad, sin derechos; simple carne de cañón en una estrategia de guerra
que nunca se preocupó de ahorrar vidas humanas.
Prohibida la tristeza reconstruye esa historia desde el punto de vista de la
experiencia de las mujeres que atravesaron esa odisea. Sofía Macher, socióloga,
exmiembro de la Comisión de la Verdad y Reconciliación y figura emblemática del
movimiento de derechos humanos, recurre para ello a los testimonios
recolectados en su momento por la CVR y los somete a una lectura particular. El
giro interpretativo es elocuente respecto de la utilidad que puede tener el
acervo de información de primera mano dejado por una comisión de verdad. Si las
entrevistas que esta realiza están primordialmente enfocadas en el registro de
las violaciones de derechos humanos cometidas, ellas guardan siempre un poso de
información que nos habla de los contextos en los que todo ocurre y, tan
importante como eso, del sentido subjetivo (individual o colectivo) de la
experiencia sufrida. Se encuentra ahí la conocida distinción entre la verdad de
sentido judicial y la verdad de horizonte histórico, dos orientaciones que
conviven en el trabajo de investigación de un pasado autoritario o violento. En
este caso, Sofía Macher regresa a los testimonios fundamentalmente para
recuperar la historia de la resistencia de las mujeres ashaninka –y también de
las mujeres colonas, migrantes de origen andino—frente a un poder de vocación
totalitaria y abocado a despojar a sus vidas de todo aquello que las hace
humanas: desde la expresión de las aflicciones hasta el derecho a cuidar de sus
hijos, pasando por la práctica de su cultura.
Se tratará, evidentemente, de una resistencia de apariencia ínfima, incluso
imperceptible para cualquiera que no sean las mismas protagonistas. Frente a un
orden totalitario en el que incluso la expresión de duelo por el esposo
ejecutado podía acarrear la muerte, es muy poco lo que se podía hacer. Hacia el
final del libro la autora mostrará que se trató, para las mujeres cautivas, de
algo tan elemental como sobrevivir para no abandonar a aquellos que necesitaban
de sus cuidados; pero no solo de eso, sino también de una resistencia moral expresada
en la crítica a la incoherencia de sus captores rodeados de privilegios al
mismo tiempo que prometían una sociedad igualitaria, y de una resistencia furtiva al adoctrinamiento, que
consistió en repetir consignas y cantar himnos a punta de fusil al tiempo que
se aferraban silenciosamente a sus propios saberes y creencias, esos que los
senderistas despreciaban como signos de atraso y se proponían liquidar.
No está de más recordar que en la ya amplia tradición literaria de la memoria
de la atrocidad, en libros como Si esto es un hombre, de Primo Levi, o La
escritura o la vida, de Jorge Semprún, esta simple y modesta perseverancia
en ser humano es, en efecto, el último y radical acto de oposición
frente al poder arbitrario y omnímodo y deshumanizante.
Para llegar a entender esa impensada radicalidad del acto de resistencia de
las mujeres ashaninka, hay que observar cómo se construye el poder senderista
en la zona del valle del Ene y en las zonas aledañas a Satipo. Prohibida la
tristeza cuenta esa historia de manera escueta, pero efectiva. La primera
meta de Sendero Luminoso, una vez iniciada la guerra, era construir “bases de
apoyo”, es decir, implantar su poder en determinas localidades, principalmente
rurales, cuya población debería convertirse en una masa de maniobra útil para
quebrar el poder del Estado. Es conocido el desarrollo de esa dinámica en
determinas zonas de Ayacucho. La selva central fue también, desde los primeros
años, un objetivo estratégico para Sendero Luminoso. Pero la población
asimilada a esas bases de apoyo no tendría nunca el estatus de los militantes
del partido y de los integrantes del “ejército guerrillero popular”.
Conformarían, más bien, un contingente anónimo conocido con el nombre de
“masas”, cuyo papel era proveer a las necesidades de las columnas militares,
recibir la luz de la ideología del partido (puesto que eran consideradas
poblaciones ideológicamente inferiores, acaso incapacitadas para entender la
ciencia de la revolución), y, desde luego, ser movilizadas para el
enfrentamiento contra las fuerzas armadas (y, en ciertas zonas de los andes,
contra otras comunidades renuentes a someterse a Sendero Luminoso).
Es en esa condición subordinada que millares de ciudadanos del pueblo
ashaninka (se llega a hablar de quince mil personas) quedaron cautivos cuando
Sendero Luminoso consiguió establecerse en sus localidades. A través de los
testimonios, Sofía Macher reconstruye esa historia organizándola en siete
momentos distintos. El relato inicial no es del todo diferente del que
encontramos en los andes centrales y del sur. Están, en primer lugar, las
visitas periódicas de pequeños pelotones senderistas que hablan de la injusta
situación de exclusión, privación y precariedad en que vive la población
visitada. (Hay que decir que el hecho de que, al menos en este punto, señalaban
una realidad patente, debería haber sido un motivo de reflexión para las
autoridades en los últimos veinte años). Después vino la instalación permanente
de Sendero Luminoso y el cierre del acceso y las salidas de la zona por la
cuenca del río Ene: ya entonces la población era cautiva, y tenía que aceptar
la imposición de autoridades senderistas. Se inicia entonces una regimentación totalitaria
de la vida cotidiana, la que alcanzaría su máximo rigor -y sus cotas más altas
de irracionalidad—cuando la fuerza armada, y también los grupos armados de las
comunidades ashaninka no sometidas, obligan a Sendero Luminoso a una retirada
en dirección al monte virgen. El “éxodo”, como es denominado en Prohibida la
tristeza, dura semanas, o tal vez dura meses. Las mujeres que dieron su
testimonio a la CVR no saben cuánto duró la travesía ni hacia dónde se
dirigían, y esa pérdida del sentido del tiempo y del espacio es una forma poderosa
-más poderosa por involuntaria-- de documentar el despojo y la extrema
indefensión. Los jóvenes armados administraban la muerte a su antojo. Las
personas demasiado débiles para mantener el paso eran consideradas “carga” y ejecutadas
sin mayor trámite. Los niños enfermos eran abandonados. El alimento disponible
era para los senderistas y las sobras eran para la masa. El fin del éxodo
inaugura la larga etapa del cautiverio en el monte –de 1990 a 1994—durante el
cual Sendero Luminoso considera estar constituyendo el “nuevo Estado” con estos
“comités populares” y “bases de apoyo”, que no son otra cosa que los sobrevivientes
de una inhumana marcha por la selva amazónica. Esta masa es organizada para
servir a las necesidades del “ejército popular”. Todo signo de tristeza constituye
un crimen de pesimismo y convierte a la doliente en sospechosa de
traición. Las atrocidades que la autora encuentras relatadas en los testimonios
parecen una lista sin final. Pero tal vez este detalle incruento baste para
retratar el totalitarismo senderista: los “mandos” deciden que las integrantes
de la masa deben abandonar sus nombres y recibir un nuevo nombre impuesto por
el “partido”. ¿No es la facultad de nominar, de designar, de decir lo que “es”
y “cómo es”, aún más que la de matar, la ambición última del poder?
Esta historia termina (pero no del todo) cuando se produce la derrota
militar de Sendero Luminoso, se produce la división a raíz del supuesto
“acuerdo de paz” entre Abimael Guzmán y Fujimori, y los secuestradores dejan en
libertad a los cautivos. Estos regresan del monte, pero solo para afrontar,
primeramente, la sospecha de las fuerzas armadas y, finalmente, para afrontar
la dificultosa tarea de reasumir vidas destruidas para siempre por la guerra.
Pero, ya se ha dicho, esta no es solamente una historia de la
vulnerabilidad y del abuso, sino también, y principalmente, una historia de la
resistencia. A lo largo de su exposición, Sofía Macher expone las formas en que
el totalitarismo senderista afectó a las mujeres en cuanto mujeres –entre las
cuales la violencia sexual está siempre presente, aunque mitigada en los
testimonios de las mujeres mismas—y los bienes que ellas se esforzaron en
salvar: no bienes materiales sino bienes culturales, tradiciones, estrategias
de vida, éticas del cuidado, formas del afecto que el senderismo consideraba
estorbos.
Si esta historia es y debe ser singularmente perturbadora no es únicamente
por lo que cuenta sobre el pasado sino también por lo que advierte sobre el
presente. Sendero Luminoso fue derrotado, pero en la zona hacia donde Prohibida
la tristeza nos obliga a mirar subsiste una población secuestrada por una
facción senderista y estigmatizada como terrorista por franjas del Estado y de
la sociedad. Si el libro de Sofía Macher ilustra, indigna y conmueve, también
debería servir para que sepamos que ese drama continúa parcialmente allá y
ahora, que todavía hay mujeres, jóvenes y niñas sometidas al cautiverio ante el
desinterés general.
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