domingo, 10 de mayo de 2026

¿Miré los muros de la patria mía? [reseña 1995]

 

De la Riva-Agüero, José. Paisajes peruanos. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú – Instituto Riva-Agüero, 1995, 274 pp.

Félix Reátegui Carrillo


José de la Riva-Agüero escribió los ensayos que conformarían Paisajes Peruanos en 1912. El libro, que no apareció como tal sino hasta varias décadas después, fue el sedimento literario de una intensa experiencia vital: un viaje a la sierra del Perú y Bolivia, cuya última etapa, la trayectoria de regreso del Cuzco hacia Huancayo, quedaría registrada en notas e impresiones de viaje.

El autor, por entones un joven de 27 años, era ya un respetado académico. Sus tesis universitarias, El carácter de la literatura del Perú independiente y La historia en el Perú, escritas ambas al filo de los veinte años, le habían valido el reconocimiento de Menéndez Pelayo y de Miguel de Unamuno, árbitros supremos del pensamiento en lengua española a inicios del siglo. Eso no era todo: Riva-Agüero era también un transitorio caudillo político que incluso había motivado la renuncia de un ministro durante el primer gobierno de Leguía. Pero su elevada posición social no era solamente el fruto de su pugnacidad política o de sus méritos intelectuales. Riva-Agüero pertenecía a uno de los linajes más conspicuos del país. Descendientes de la aristocracia colonial y republicana, los Riva-Agüero habían disfrutado de un lugar de privilegio, principalmente, en el Perú independiente. Entre sus ascendientes, el escritor contaba a don José de la Riva-Agüero y Sánchez Boquete, ideólogo de la emancipación y, de hecho, primer presidente del Perú.

La encumbrada situación social del autor de Paisajes peruanos no es un dato irrelevante para la valoración del libro. Al contrario, como se ha señalado en más de una ocasión, el hecho de que un joven aristócrata e intelectual se animara a viajar por el Perú antes de hacerlo hacia Europa, hace de Paisajes peruanos un libro doblemente excepcional: se trata de una pieza literaria de enorme calidad, pero también de un documento valioso para la historia intelectual de nuestro siglo XX. El descubrimiento del país interior y el aprecio a la historia y cultural andina de los intelectuales ocurrió, según permite ver Paisajes peruanos, antes de la aparición de los indigenistas de los años veinte, y no siempre derivó en un espíritu sectario y de talante retrógrada.

Desde un punto de vista literario, las impresiones, meditaciones y recuerdos del viaje de Riva-Agüero lo retratan como un estilista consumado, uno de los más altos de nuestra literatura. Pero su virtuosismo estilístico no debe ser entendido en el sentido estrecho que reduce al estilo al arsenal de hábitos verbales del escritor. Es cierto que ya sólo esta dimensión de su escritura –su cultivo de una sintaxis compleja y siempre armoniosa, su manejo del periodo amplio y bien ventilado, la solemne andadura de su prosodia, la riqueza léxica siempre al borde del arcaísmo, pero sin rendirse a él, el rigor plástico de sus descripciones—basta para hacer de este un libro admirable. Pero existe un añadido en el logro literario de Riva-Agüero que no se mide por la dicción y las figuras de pensamiento, sino por la condensación de ideas –¿densidad ideológica?—de su prosa.

En las primeras páginas del libro, Riva-Agüero abandona el Cuzco. En el camino que lo conducirá a la llanura de Anta se detiene a observar desde lo alto el panorama de la vieja ciudad imperial y al recorrer con la vista, una última vez, sus calles y plazas, y al recordar la impresión de decadencia que ha recogido de su estancia en ellas, comenta: “Resuenan en la memoria las lamentaciones bíblicas y cobran pavorosa exactitud, porque igualmente cayeron aquí la antigua gloria de las armas, los palacios, alcázares y templos; y cuando los viajeros vulgares miran la ciudad sin ventura, ríen y hacen mofa de su pasada magnificencia”. Los ecos de Chateaubriand y Thomas B. Macaulay –historiadores aristócratas y peregrinos de mundos desaparecidos, como él—se dejan oír con claridad en estas líneas y en las que siguen poco más adelante: “He sentido el maleficio de este ambiente alucinador y letal, comparable al de un regio sepulcro violado; y había horas en que la aflicción me invadía. No era la dulce tristeza que he gustado después junto a las ruinas romanas, o en la tortuosa Toledo y la torreada Ávila, porque no provenía de la mera curiosidad artística, … sino que la nutrían la acerba congoja y la preocupación íntima y rebosante por el destino de mi patria. El Cusco es el corazón y el símbolo del Perú. ¿Consistirá acaso la esencia de nuestra ciudad representativa en la tiránica pesadumbre, la tragedia horrenda y el irremediable abatimiento?”.

Intuición, información, reflexión y manías confluyen en el tejido verbal de Paisajes peruanos para elevarlo a la condición de literatura genuina.  Sin la afición al dato erudito, la inclinación a polemizar sobre hechos ocurridos décadas e incluso siglos atrás, la vehemencia a veces inapelable de sus interpretaciones históricas y, sobre todo, sin esas múltiples ocasiones en que el escritor se deja ganar por el desánimo frente a la decadencia nacional, el estilo de Riva-Agüero no alcanzaría un nivel expresivo y se quedaría en simple andamiaje retórico. A la vez, sin la flexibilidad de su prosa y su buen sentido del color, el detalle y la anécdota significativa, su puntilloso conocimiento de la historia y la geografía del país nos dejaría fríos. Paisajes peruanos logra un perfecto equilibrio entre estas dos fuentes del saber literario y por eso es todavía hoy, ochenta y tres años de su creación, una espléndida lección de moral histórica y artística.

(Texto rescatado generosamente por Carlos Batalla).

 


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