Félix Reátegui Carrillo
José de la Riva-Agüero escribió los ensayos que conformarían Paisajes Peruanos en 1912. El libro, que
no apareció como tal sino hasta varias décadas después, fue el sedimento
literario de una intensa experiencia vital: un viaje a la sierra del Perú y
Bolivia, cuya última etapa, la trayectoria de regreso del Cuzco hacia Huancayo,
quedaría registrada en notas e impresiones de viaje.
El autor, por entones un joven de 27 años, era ya un respetado académico.
Sus tesis universitarias, El carácter de
la literatura del Perú independiente y La
historia en el Perú, escritas ambas al filo de los veinte años, le habían
valido el reconocimiento de Menéndez Pelayo y de Miguel de Unamuno, árbitros
supremos del pensamiento en lengua española a inicios del siglo. Eso no era
todo: Riva-Agüero era también un transitorio caudillo político que incluso
había motivado la renuncia de un ministro durante el primer gobierno de Leguía.
Pero su elevada posición social no era solamente el fruto de su pugnacidad
política o de sus méritos intelectuales. Riva-Agüero pertenecía a uno de los
linajes más conspicuos del país. Descendientes de la aristocracia colonial y
republicana, los Riva-Agüero habían disfrutado de un lugar de privilegio,
principalmente, en el Perú independiente. Entre sus ascendientes, el escritor
contaba a don José de la Riva-Agüero y Sánchez Boquete, ideólogo de la
emancipación y, de hecho, primer presidente del Perú.
La encumbrada situación social del autor de Paisajes peruanos no es un dato irrelevante para la valoración del
libro. Al contrario, como se ha señalado en más de una ocasión, el hecho de que
un joven aristócrata e intelectual se animara a viajar por el Perú antes de
hacerlo hacia Europa, hace de Paisajes
peruanos un libro doblemente excepcional: se trata de una pieza literaria
de enorme calidad, pero también de un documento valioso para la historia
intelectual de nuestro siglo XX. El descubrimiento del país interior y el
aprecio a la historia y cultural andina de los intelectuales ocurrió, según
permite ver Paisajes peruanos, antes
de la aparición de los indigenistas de los años veinte, y no siempre derivó en
un espíritu sectario y de talante retrógrada.
Desde un punto de vista literario, las impresiones, meditaciones y
recuerdos del viaje de Riva-Agüero lo retratan como un estilista consumado, uno
de los más altos de nuestra literatura. Pero su virtuosismo estilístico no debe
ser entendido en el sentido estrecho que reduce al estilo al arsenal de hábitos
verbales del escritor. Es cierto que ya sólo esta dimensión de su escritura –su
cultivo de una sintaxis compleja y siempre armoniosa, su manejo del periodo
amplio y bien ventilado, la solemne andadura de su prosodia, la riqueza léxica
siempre al borde del arcaísmo, pero sin rendirse a él, el rigor plástico de sus
descripciones—basta para hacer de este un libro admirable. Pero existe un
añadido en el logro literario de Riva-Agüero que no se mide por la dicción y
las figuras de pensamiento, sino por la condensación de ideas –¿densidad
ideológica?—de su prosa.
En las primeras páginas del libro, Riva-Agüero abandona el Cuzco. En el
camino que lo conducirá a la llanura de Anta se detiene a observar desde lo
alto el panorama de la vieja ciudad imperial y al recorrer con la vista, una
última vez, sus calles y plazas, y al recordar la impresión de decadencia que
ha recogido de su estancia en ellas, comenta: “Resuenan en la memoria las
lamentaciones bíblicas y cobran pavorosa exactitud, porque igualmente cayeron
aquí la antigua gloria de las armas, los palacios, alcázares y templos; y
cuando los viajeros vulgares miran la ciudad sin ventura, ríen y hacen mofa de
su pasada magnificencia”. Los ecos de Chateaubriand y Thomas B. Macaulay
–historiadores aristócratas y peregrinos de mundos desaparecidos, como él—se
dejan oír con claridad en estas líneas y en las que siguen poco más adelante:
“He sentido el maleficio de este ambiente alucinador y letal, comparable al de
un regio sepulcro violado; y había horas en que la aflicción me invadía. No era
la dulce tristeza que he gustado después junto a las ruinas romanas, o en la
tortuosa Toledo y la torreada Ávila, porque no provenía de la mera curiosidad
artística, … sino que la nutrían la acerba congoja y la preocupación íntima y
rebosante por el destino de mi patria. El Cusco es el corazón y el símbolo del
Perú. ¿Consistirá acaso la esencia de nuestra ciudad representativa en la
tiránica pesadumbre, la tragedia horrenda y el irremediable abatimiento?”.
Intuición, información, reflexión y manías confluyen en el tejido verbal de
Paisajes peruanos para elevarlo a la
condición de literatura genuina. Sin la
afición al dato erudito, la inclinación a polemizar sobre hechos ocurridos
décadas e incluso siglos atrás, la vehemencia a veces inapelable de sus
interpretaciones históricas y, sobre todo, sin esas múltiples ocasiones en que
el escritor se deja ganar por el desánimo frente a la decadencia nacional, el
estilo de Riva-Agüero no alcanzaría un nivel expresivo y se quedaría en simple
andamiaje retórico. A la vez, sin la flexibilidad de su prosa y su buen sentido
del color, el detalle y la anécdota significativa, su puntilloso conocimiento
de la historia y la geografía del país nos dejaría fríos. Paisajes peruanos
logra un perfecto equilibrio entre estas dos fuentes del saber literario y por
eso es todavía hoy, ochenta y tres años de su creación, una espléndida lección
de moral histórica y artística.
(Texto rescatado generosamente por Carlos Batalla).

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