Félix Reátegui Carrillo
Este texto no es una reseña de Perros y Promos.
Memoria, violencia y afecto en el Perú posconflicto, la interesante investigación
sobre reclutas del Ejército Peruano que combatieron a Sendero Luminoso
realizada por Jelke Boesten y Lurgio Gavilán. Me limito a hacer unos
comentarios sobre dos temas que sobresalen en las observaciones críticas hechas
por María Eugenia Ulfe y en la réplica de Lurgio Gavilán. Estos dos tópicos
son: (1) qué significa para la investigación social humanizar a los
actores del conflicto y (2) qué tan válido es estudiar a los actores armados
sin considerar sus crímenes como una parte importante de la materia. Son dos
asuntos de interés para la forma en que se desarrolla la investigación
académica sobre la violencia y el posconflicto y, dentro de eso, para una idea
recurrente en el campo: que no se puede entender integralmente esos fenómenos
sin una mirada más concreta --¿humanizada? ¿alerta a la subjetividad?-- de
quienes tuvieron las armas en sus manos.
El propósito de humanizar a los reclutas o
soldados es mencionado, en realidad, solo dos veces en Perros y Promos.
En cambio, figura ostensiblemente en la réplica de Gavilán, y está claro, por
lo demás, que el libro propone una mirada que rescate la complejidad de la
experiencia y la identidad de los exreclutas en oposición a la mirada que los
reduce a la condición de perpetradores (o de héroes sacrificados). Pero si está
claro el propósito, no lo están suficientemente las implicancias conceptuales
de la mirada propuesta.
Un problema habitual en los estudios sobre posconflicto y
memoria es el empleo de términos sin precisar realmente si se trata de una
categoría de análisis social o de un reclamo moral. Un ejemplo sobresaliente es
revictimizar. La palabra puede significar por lo menos cinco cosas
distintas: que se ha vuelto a cometer una violación de derechos humanos contra
la persona, que se ha reincidido en el abuso del que esta fue víctima en primer
lugar, que se la ha inducido a intensificar su condición subjetiva de víctima,
que se la ha hecho revivir la experiencia traumática, o que se la ha objetivado,
cosificado o subordinado al reducirla a la calidad de víctima. ¿Se trata de una
alegación jurídica, de un reclamo moral o de la designación de un cierto tipo
de experiencia social? De más está decir que cada uno de esos posibles sentidos
del término exige del investigador una teoría y un aparato demostrativo
particulares.
Algo parecido sucede con el término humanizar. Este
puede tener, en primer lugar, una connotación moral: la exigencia de no ver al
sujeto como un monstruo, más allá de las faltas o crímenes que se le imputen.
Pero el mismo término puede aludir a una operación de análisis social. En
términos generales, humanizar es un concepto vecino de historizar:
restituir al sujeto a su contexto, ver de dónde vino, cómo llegó a ser lo que es;
es decir, no tomar a un sujeto como manifestación de una esencia sino situarlo
en una experiencia en un tiempo y un espacio concretos. En el caso del que
hablamos, eso significaría no entender al recluta como simple derivación de una
clase --la clase soldado o militar-- sino observarlo como un
sujeto que viene de una trayectoria social previa. Humanizar es superar la
abstracción.
Pero la operación no termina ahí. Esa concreción de la
conducta del soldado puede ser buscada al menos en dos direcciones. Una de
ellas consiste en recuperar los determinantes sociales de su experiencia: clase
social, linaje, género, procedencia geográfica, generación, etnicidad. Son los
componentes de lo que llamamos identidad. Otra ruta distinta, pero no enemiga
de la primera, es explorar su subjetividad --emociones, metas, motivaciones,
miedos, expectativas, etc.—, así como su experiencia intersubjetiva, en la que
sobresale, para el caso, el juego entre moral intragrupal (los promos) y
moral extragrupal (los exmilitares, como grupo, frente a la vida civil).
Perros y Promos presenta un triple cruce de orientaciones en la idea de humanizar.
Hay un reclamo moral (más explícito aún en la réplica de Lurgio Gavilán), hay
la búsqueda de una ubicación social del sujeto, y hay una promesa de hurgar en
la subjetividad. Estas dos últimas direcciones tienden a confluir, pero, hechas
sumas y restas, el mejor fruto que se extrae de los testimonios es una muy
competente recreación de la trayectoria social de los sujetos. La dimensión de
la subjetividad y de la intersubjetividad aparece principalmente como un
reflejo o subproducto de la vida institucional –solidaridad grupal, sensación
de extrañeza hacia la vida civil--, lo cual tiene sentido tratándose de sujetos
salidos de una institución totalizante, pero no lo es todo.
Esto nos lleva a la segunda cuestión: ¿el proyecto de una
lectura humanizada –ahora, por oposición a deshumanizante—implica
poner entre paréntesis los crímenes del sujeto observado? (Enfatizaré que no
abordo esta cuestión para sugerir que los autores silencian ese tema --no veo
esa intención en el libro—, sino interesándome en el razonamiento ofrecido).
Los científicos sociales hacemos cortes seccionales en la
realidad. Construimos el objeto de estudio delimitándolo. Estudiamos la vida
del santo sin discutir la veracidad de sus milagros. Investigamos a los
asesinos de masas sin mostrar la tipicidad jurídica de sus crímenes. Eso no es solamente válido: también es
necesario. Por eso, una investigación sobre los reclutas que combatieron a
Sendero Luminoso puede, válidamente, no ocuparse de los crímenes cometidos. El
investigador no es un fiscal ni un confesor.
Pero hay algo más que decir, algo que no hace tan
sencillo el corte mencionado. Y es que cuando se trata de la humanidad o
de la subjetividad de quien ha participado en un ciclo de violencia atroz
resulta ineludible considerar precisamente ese elemento de la subjetividad --de
la identidad social, en general-- que son las orientaciones de valor o la
conciencia moral, como algo distinto de los determinantes de clase, género,
generación u otros. ¿Por qué? Porque, justamente, lo que tiene de particular
esa experiencia, eso que la convierte en un tema de investigación, es la
convivencia con el horror. Ese es el problema, no solo del individuo
sino del proceso de violencia en general. Si no es a eso, ¿a qué se puede
referir el reclamo ya mencionado de comprender al sujeto para comprender mejor
el proceso?
Lo cierto es que, sin saber siquiera que existe un código
penal, todos los sujetos poseen o participan de ciertas orientaciones de valor.
Cabe hablar, figuradamente, de los tabúes que inhiben al sujeto de cometer
atrocidades. Parte de la subjetividad --de la humanidad del sujeto humanizado--
son esas ideas, representaciones, retazos de sentido común, que impiden a
alguien "matar con sus propias manos" o que hacen insufrible para el
habitante urbano de clase media degollar a un ave de corral para preparar el
almuerzo.
Y ahí es donde la investigación sobre la subjetividad
--la humanidad-- del combatiente contiene un problema interesante: ¿cómo fue
que la socialización secundaria en la institución militar desactivó esas
orientaciones de valor? ¿qué ha sucedido con ellas? ¿en qué se transformaron
durante la violencia y después de ella? Para explicar la conducta atroz de
sujetos ordinarios existe, por ejemplo, la respuesta centrada en la presión de
grupo, que somete al individuo apelando a su necesidad de pertenencia. Existe
también la respuesta del cálculo racional: se trata de matar o morir;
desobedecer la orden de matar o violar es exponerse a sanciones severas y hasta
a la muerte o el estupro. Pero la investigación sobre la subjetividad reclama
otras respuestas. Por ejemplo, la CVR señaló al racismo como un dispositivo
cultural que alentó la atrocidad. ¿Hay algo de eso --lo que a su vez plantearía
preguntas sobre institucionalidad y producción de nuevas identidades, dada la
etnicidad típica de los sujetos investigados? Las respuestas pueden ser otras.
No es el punto decisivo aquí. El punto es que, en una investigación como la
comentada, el fermento mental y afectivo de donde nacen los crímenes es parte
indisociable de la identidad poliédrica que se analiza. Viene a la mente la
investigación de Gonzalo Portocarrero sobre el sujeto senderista --Razones
de sangre--;[1]
ahí se emprende tempranamente la tarea de humanizar al sujeto senderista,
pero poniendo en foco la crueldad extrema –figuradamente, inhumana-- de sus
conductas. La crueldad y la indiferencia hacia la crueldad son un elemento del
problema que hace interesante y necesaria la investigación. Como también lo es,
por ejemplo, la forma en que los exreclutas dan razón de las crueldades de las
que fueron perpetradores –y, en otras ocasiones, víctimas--. La insistencia en
el poder aplastante de la institución para empujarlos a la brutalidad, ¿es un
discurso de negación, en el sentido en el que Stanley Cohen habla de una
“negación de la implicación”, es decir, no negación de los hechos ni de su
significado sino de la responsabilidad personal en ellos?[2] Y
si es así, ¿de qué elementos se compone ese negacionismo y cómo se compagina
eso, que habla de una identidad heterónoma (normada desde el exterior), con la
otra forma de identidad buscada por los reclutas, es decir, una identidad
autónoma que procura recomponer una existencia? ¿No será la superación del negacionismo
una necesidad del mismo sujeto para poder abrir nuevos y mejores proyectos de
vida?
Todo lo dicho, desde luego, no desestima el interés ni
las contribuciones de Perros y Promos a la comprensión de la violencia;
si acaso, lo comentado resalta uno de los méritos que distinguen a una
investigación social relevante, que es el de provocar nuevas preguntas.
(Publicado en Trama Crítica el 7/12/2024)
[1] Portocarrero, Gonzalo (1998). Razones
de sangre. Aproximaciones a la violencia política. Lima, Fondo editorial
PUCP.
[2] Cohen distingue entre tres
formas de negacionismo: literal (negación de los hechos), interpretativa
(negación del significado de los hechos) e “implicatoria” (negación de la
responsabilidad, no necesariamente penal, respecto de los hechos). Cohen,
Stanley (2001). States of Denial. Knowing about Atrocities and Suffering.
Cambridge, Polity Press.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario