1. El recuerdo es tan borroso e inseguro que a veces creo que lo he inventado. Pero no. En uno de esos libros de metodología que uno debe leer al ingresar a la universidad se decía que durante mucho siglos se había aceptado que las moscas tenían ocho patas porque así lo había establecido Aristóteles. Ningún bicho es tan omnipresente como las moscas, y, sin embargo, nadie se había dado el trabajo de contarles las patas hasta que alguien lo hizo, quién sabe por qué, y descubrió que tenían seis. El comentario era una lección sobre la necesaria desconfianza en la autoridad y sobre el inexcusable deber de la verificación.
Ese párrafo me viene a la memoria cada vez que oigo decir que en la legendaria mesa redonda sobre Todas las sangres que hubo en el IEP en el año 1965 los científicos sociales atacaron a José María Arguedas porque, dada su incapacidad para entender la naturaleza de la literatura, les pareció que la novela era fallida puesto que no reflejaba la realidad con precisión documental. Me digo que es un caso de moscas de ocho patas porque, si a alguien le interesa el tema, le basta abrir cualquiera de las dos ediciones impresas de la mesa para encontrar que (a) quienes plantearon desde el inicio la discusión en esos términos fueron dos literatos, Sebastián Salazar Bondy y José Miguel Oviedo, a quienes les correspondía hablar sobre los valores literarios de Todas las sangres; (b) los científicos sociales habían sido convocados precisamente para que hablaran sobre las correspondencias entre la novela y la realidad social; (c) y, no obstante, antes de hacer ninguna observación al respecto, estos decían que la novela les parecía excelente en tanto tal, pero que, digamos, si la pregunta era sobre las correspondencias, bueno, había varios problemas.
2. Fueron, en efecto, esos dos grandes, SSB y JMO, quienes empezaron a cuestionar que la novela reflejase fielmente la realidad, cuestión que culminaría en el inapelable dictum de SSB --"no es un testimonio válido para la sociología"--, que a su vez motivaría la frase, más irónica que dolorida en el momento, de JMA: "si no es un testimonio, entonces (...) he vivido en vano, o no he vivido". Adicionalmente, signo de los tiempos, la requisitoria a Todas las sangres, siempre de parte de los escritores, incluía el hecho de que, por su inexactitud y por su opción político-moral (supuestamente, una vuelta a un mundo comunitario y mágico-religioso en lugar de un avance hacia la modernización), tampoco podría ser instrumento de cambio. Es a ese tren de discusión que se incorporan Bravo Bresani (ingeniero ganado a la ciencia social), Matos Mar, Henri Favre y Aníbal Quijano.
3. En realidad, Quijano solo había aparecido por ahí para escuchar la discusión como parte del público, pero se integró a la mesa de modo improvisado por insistencia de Bravo Bresani. Pero, bueno, Aníbal Quijano era Aníbal Quijano y no podía con su genio. Recuerdo haber leído en algún libro de Miguel Gutiérrez --supongo que en Un mundo dividido-- que alguna vez, cuando eran estudiantes, Gutiérrez le contó a Quijano que estaba leyendo a Thomas Mann, o a alguien parecido, y que ahí nomás, entre dos cafés, Quijano le infligió una conferencia tan densa y erudita que ya no le quedaron ganas de seguir leyendo... De manera que, aunque participante improvisado, fue él quien hizo la disección más aplastante de las divergencias entre ficción y realidad, no sin decir, al empezar, que "desde el punto de vista del escritor, la novela es realmente un franco progreso, no solamente por la estructura novelística nueva, sino por la riqueza del material que está contenido (...)".
4. Pero no me interesa aquí reconstruir lo que se dijo. Ahí están las dos ediciones. Me interesa más el perfil general de la discusión y su ultravida. Un punto llamativo es que en la mesa, y después, se invoca repetidamente una distinción entre la reflexión sociológica sobre la novela y su apreciación literaria. Hay que decir que, aunque eso es recurrente, casi un tic, en verdad nunca queda claro cuál sería la valoración sobre lo literario, como dimensión diferencial, de Todas las sangres, más allá de llamados rituales a considerar "lenguaje y estilo". El mismo Arguedas, en las pocas veces en que su defensa acude a la diferencia literaria, apenas reivindica su derecho, en cuanto creador, a inventar algunas cosas que no existen tal cual en la realidad. ¿Qué era, pues, lo que decía Todas las sangres en cuanto literatura y como algo no dependiente de su cotejo con el mundo exterior? Pero también sobre el enfoque sociológico, me parece, hay una confusión.
5. En la discusión se asume que el enfoque sociológico de la novela consiste en hacer el contraste entre ficción y realidad y, en último caso, discernir cuál puede ser el efecto social de esa novela en particular. Pero ¿qué es el análisis sociológico de una novela? En la mesa se confunde análisis sociológico --la pregunta sobre las fuentes y sentidos sociales de la creación; la pregunta sobre el tipo de acción social en cuestión, que sería la acción de simbolizar-- con la lectura sociologista: leer la novela como documento sociográfico, tomar su contenido como descripción de la sociedad. Eso no es necesariamente malo. Un formidable lector sociologista fue Irving Howe (para no mencionar a G. Lukács). La lectura sociologista puede ser, sí, un excelente camino interpretativo a condición de que (a) no se haga depender la calidad de la novela de su exactitud documental; (b) se mantenga una permanente duda sobre la objetividad del retrato, o, lo que es lo mismo, no se olvide la cualidad imaginaria (creativa, imaginativa, neurótica, idiosincrásica) de la visión que se presenta; (c) y no se caiga en el error (hoy casi generalizado en los estudios sobre arte y memoria) de suponer que la actitud del autor o lo que dice sobre la sociedad es un hecho del mundo exterior, sin preguntarse por la representatividad de lo dicho o mostrado.
6. Volviendo al punto --el de las patas de las moscas-- es interesante, pero también un poco doloroso, notar que Arguedas participa del mismo prejuicio que sus críticos --si es que hubiera que llamarlo así--, pues sus réplicas consisten por lo general en defender la correspondencia documental entre el mundo representado y el mundo exterior. Los pongos sí existen tal como él los ha descrito; los gamonales, también. Así, la autonomía de lo literario o lo diferencial literario en la representación del mundo queda remitido a su exactitud sociográfica y, en último caso, signos de la época, nuevamente, a la pertinencia de su "propuesta" para el cambio social.
7. En medio de todo ello es Alberto Escobar quien da en el clavo cuando habla de que los conflictos que aparecen en la novela "no aparecen linealmente sino que aparecen mezclados, confundidos, resquebrajados; entonces se dan patrones aindiados, indios amestizados, racionalistas con cierto sentido religioso, mágicos con un sentido racionalista...". * Escobar percibe que lo que los demás ven como defectuoso --personajes y situaciones híbridos, heterogéneos, que configuran una realidad confusa-- puede ser, justamente, el acierto de la visión de Arguedas. Es ahí donde Arguedas --quien, sin embargo, niega que haya tales confusiones en el libro-- acierta a decir algo sobre el Perú de esos tiempos y el que vendría después. Es irónico que Arguedas se defienda contra esas "acusaciones", pues es ahí, precisamente, donde el gran artista que fue ofrece una revelación estética sobre lo social, donde el novelista estaría viendo más allá de donde llegaba a ver la ciencia social peruana.
8. Y, de modo más interesante aún, es ahí donde había llegado Quijano en su texto de 1964, el mismo año de Todas las sangres, sobre "la emergencia del grupo cholo". En ese artículo todavía no atrapaba, pero ya entreveía, las implicancias plenamente culturales de su hallazgo: el de un sujeto social que ya no podía ser capturado con la matriz teórica del estructuralismo o del funcionalismo (y que rebasaría esquemas de análisis todavía por venir, como esos que llevaban a hablar de dependencia y marginalidad o incluso de "alienación") Pocos años después, la intuición que en Todas las sangres era percibida como un error se expresaría, ya asumiendo sin problemas el hibridismo y la confusión, en El zorro de arriba y el zorro de abajo, y veinte años después Matos Mar haría de eso el eje tenpatuci de su influyente Desborde popular y crisis del estado.
9. Casi tres décadas más tarde Vargas Llosa observará en La utopía arcaica otros desajustes entre la novela y la realidad (cierto que, en su caso, eso no es en principio un pecado, sino todo lo contrario). Acerca de la plantilla marxista que atribuye al Arguedas de Todas las sangres, dirá que el retrato de los capitalistas que hace es una caricatura incluso desde el punto de vista de Marx: "en el libro, los capitalistas, a diferencia de lo que Marx creía de ellos --feroces portadores de modernización y progreso y muy hábiles en la defensa de sus egoístas intereses-- son de una crasa ignorancia económica y empresarial. No obran en favor del desarrollo del capitalismo, sino para atrofiarlo y destruirlo, es decir, como enemigos declarados de sus propios intereses".
10. Otra vez, a la vista de lo que el capitalismo peruano ha terminado siendo --un proyecto básicamente expoliador que ni siquiera entiende que para prosperar necesita generar bienestar equitativo, es decir, gente con capacidad de consumo, es decir, un mercado interno que le permita alguna vez un crecimiento endógeno-- el "error" resulta presciente, y es, seguramente a pesar de lo que el propio Arguedas defendería conscientemente, un elemento más de su "visión".
11. Pero el punto es que ahí es donde hay que buscar, justamente, lo diferencial literario de la novela, la visión que busca el escritor, o que se le impone impremeditadamente, y que hace que su libro contenga una verdad literaria, más allá de malabares mejores o peores de "lenguaje y estilo". (Creo que ese es un punto que hay que extraer de un libro como Presencias reales, de Steiner: la literatura genuina siempre vale, o no vale, por lo que dice sobre algo que está fuera del libro; su paradigma, para Steiner, puede ser el discurso sobre lo divino, pero en el mundo secular de la novela ese algo es la realidad humana, que, obviamente, no se limita a la realidad social). (Creo, también, que, por esa exigencia de tener una visión sobre algo, ciertos libros que son celebrados porque "presentan muy bien una realidad", libros en los que "se reconoce de inmediato la realidad de la que habla", pueden ser populares, pueden conmover, pueden impactar, pero no serán realmente buenos libros si se limitan a decirnos lo que ya sabemos y pensamos sobre esa realidad).
En resumen, si el mundo representado en Todas las sangres fuera una fotografía, lo que tendríamos es a una crítica literaria y social señalando que la foto ha salido movida y que eso es un fracaso y a un autor y algunos defensores diciendo que no hay fracaso pues la foto está nítida y bien encuadrada. Ambos están equivocados. La foto está movida y eso es un triunfo. Los contornos son borrosos, la luz es indecisa, los personajes son difícilmente identificables porque el mundo retratado, el mundo que el Arguedas antropólogo pretendía capturar en un esquema, no se estaba quieto, estaba en un imperceptible movimiento, aunque todavía no se supiera cómo llamar a ese movimiento ni hacia donde se dirigía. Ese "fracaso" es el acierto de la novela, su visión, su elaboración simbólica de la realidad. Es decir, es el acierto literario: una lectura adelantada de ciertas señales, una anticipación de lo que después desarrollaría la ciencia social y la proposición de un "símbolo", una forma de entendernos o un lenguaje con el que no entendernos, que todavía tiene mucha vigencia en el sentido común colectivo.
* Cuando terminaba de escribir esto me puse a releer la edición de la mesa por Guillermo Rochabrún (IEP-PUCP 2000) y ahí encuentro que en su artículo de 1992 que acompaña a la edición Rochabrún destaca, también, la observación de Escobar como la clave de la discusión, así que parece que en realidad lo he estado plagiando tristemente. Aunque creo que lo que digo es un poquito diferente aunque sea lo mismo. En fin, ya escribí demasiado como para borrarlo todo.
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