Algunas preguntas sobre el fujimorismo de las calles a partir de Un tiempo fuerte, de Juan Carlos Cortázar
Durante buena parte del siglo el fujimorismo ha tenido una base política estable de alrededor del 15 por ciento del electorado. Eso le ha bastado para estar siempre merodeando la presidencia y permanecer enquistado en el Congreso. Ahora obtuvo un 17 por ciento, que en la segunda vuelta se convirtió en un 50 por ciento más una décima. Pero siempre hay que insistir en que una cosa es la realidad político-legal y otra cosa es la realidad sociológica. La realidad sociológica del fujimorismo de 2026 es el 11 por ciento del voto real obtenido en primera vuelta: unos 2 millones 900 mil votos sobre una base de 27 millones de votantes. En cualquier sistema electoral saneado eso sería una forma de marginalidad electoral. En el Perú es suficiente para llegar a la Presidencia y ya solo por eso esa minoría reclama una comprensión sociológica. Pero, sobre todo, exige una comprensión el hecho de que ese núcleo se mantenga ya por un cuarto de siglo. La pregunta sobre qué sostiene eso a lo largo del tiempo suele ser respondida apelando a un crudo materialismo --son los regalos, las dádivas, los "tapers"-- o a una suerte de negacionismo conspirativo --es la manipulación de la prensa, la radio y la televisión. Todo eso existe, pero quedarse en eso es eludir el quid del problema: ¿cuál es el contenido real de esa lealtad? ¿existe algo así como una subjetividad fujimorista?
Juan Carlos Cortázar (sociólogo y narrador, aunque supongo que él preferirá narrador y sociólogo) acaba de publicar un breve estudio sobre el tema. Se titula Un tiempo fuerte. Relato y mentalidad fujmorista en Lima popular (Lima, Cuerpo político, 2026). Creo que es algo más que un excelente punto de partida para la complicada tarea de capturar en sus propios términos el pensamiento del simpatizante fujimorista convicto, confeso y leal. El estudio tiene claros límites --digo límites, no limitaciones: Juan Carlos explica muy claramente las fronteras metodológicas y temáticas de su breve investigación--, pero basta para señalar de modo documentado algunas rutas de exploración para investigaciones más comprehensivas. (Actuando "en sociólogo" Cortázar se acerca a la cuestión con neutralidad valorativa: importa hacerse una composición de campo sistemáticamente, al margen del juicio que todo ello nos merezca; yo, que no escribo como sociólogo sino como spectateur engagé, a lo Raymond Aron, me permito decir que, sin perder de vista el sentido y propósito del texto, encuentro revulsivos muchos de los testimonios: la plácida indiferencia ante la muerte ajena, la altura jupiterina desde la que se dice "tiene que morir gente, pues" o "justos pagan por pecadores", el resignado cinismo con que se comenta que "ellos roban el 20%, pero dejan el 80% para el pueblo" y otras cosas parecidas desafían la ecuanimidad del lector más flemático. A mí me recuerdan bastante las cosas que uno encuentra del lado del Movadef y otros ámbitos próximos a Sendero Luminoso, aunque las diferencias también sean claras: estos se parecen más a una colectividad; aquellos se acercan más a un conglomerado. Pero hay ahí eso que se llamaba un "aire de familia" o desde ¿Raymond Williams? una "estructura de sentimientos" compartida).
Esto no es una reseña y no quiero resumir las ideas de la publicación. Baste decir que sobre la base de una batería de testimonios Cortázar hace dos operaciones importantes. Una, la operación descriptiva, nos pone ante los ojos "lo que hay": así es como los fujimoristas de convicción ven la realidad política peruana y el papel y lugar del fujimorismo en ella. (Esta es una operación sencilla, pero que muchos investigadores tienden a olvidar: antes que nada hay que decir si realmente existe lo que vamos a investigar y cómo es). El segundo momento es el fundamental: una operación analítica dirigida a sistematizar conceptualmente la realidad observada y remitirla a algunas categorías. En este caso, todo lo que dicen los entrevistados es remitido a cuatro ejes conceptuales que son los que ordenan la visión de las cosas. Estos son (1) la oposición entre orden y caos; (2) la alternativa capacidad/incapacidad; (3) la distinción entre lo privado y lo estatal/público; (4) la oposición (que podría tener ribetes existenciales) entre limpio y sucio. Casi está de más decirlo: según el relato reconstruido, el fujimorismo representa en la política peruana el orden, la capacidad, la eficacia del mundo privado y una fuerza higiénica.
Me gusta que todo ello sea absorbido teóricamente en el concepto de "mentalidad". Estamos hablando ya de una manera de situarse ante la política, de interpretarla y de actuar frente a ella que por ser estable y duradera --y quizás, hablando sociológicamente, por haber alcanzado cierta capacidad de reproducción endógena-- podría tener estatus de estructural. Un cuarto de siglo es, creo, suficiente para interrogar la cuestión en esos términos.
Juan Carlos habla de una "narrativa". A mí últimamente me suscita cierta desconfianza la omnipresencia de la narrativa. Creo que es buena costumbre respetar la carga teórica de los términos que se emplea para describir la experiencia social. Muchas veces lo que se llama "narrativa" es solamente una "versión" de los hechos. Asocio la idea de "narrativa" en la reflexión histórica y sociológica con Hayden White. El concepto contiene una promesa de densidad estructural que no está presente cuando hablamos, simplemente, de cómo se presenta una cierta versión del pasado o del presente y/o cuando esa versión es poco más que una táctica para proteger ciertos intereses. Por eso tranquiliza que el uso de “narrativa” en el estudio de Juan Carlos corresponda a la determinación de un cierto universo semántico que engloba a los testimonios. No se trata solamente de una versión circunstanciada, sino de un sistema orientativo, de una organización simbólica de la vida política, de una articulación de tópicos que terminan por generar una cierta gramática de la vida social: o el caos o el orden, o los capaces y decididos o los incapaces y timoratos: esos son los términos en los que cabe hablar sobre la vida en común. Me pregunto si el término "discurso" también serviría para preguntarse qué hay de contingente y que hay de estructural en este fenómeno. (En un plano un poco más abstracto viene a la memoria la mirada cognitivista a la política; por ejemplo, la de George Lakoff).
Me pregunto también si es posible establecer una gradación creciente, en términos de abstracción y relevancia estructural, que vaya de versión a narrativa, de narrativa a mentalidad y de mentalidad a cultura. No es una simple cuestión de nomenclatura; la pregunta es en qué plano de la organización social está alojado eso que llamamos fujimorismo. ¿Cabe hablar ya de una cultura fujimorista? Sobre esto, dos o tres notas.
El universo de sentidos que reconstruye Juan Carlos tiene como marco insustituible la idea o percepción de una crisis e incluso de una catástrofe: ayer, terrorismo e hiperinflación; hoy, criminalidad violenta y corrupción. El estudio introduce la noción de “tiempo fuerte” -un tiempo catastrófico en el que urgía tomar decisiones fulminantes. El "tiempo fuerte" es el contexto en el cual se fragua la popularidad de Alberto Fujimori. Ese contexto es arrastrado hasta el presente, mutatis mutandi, para imaginar (y esperar) a una Keiko Fujimori que sea tan decidida como el padre. Ahora bien, ¿cabe pensar en un fujimorismo que no se sostenga en una percepción de crisis? Hasta aquí lo que encontramos son testimonios que justifican e incluso aplauden el autoritarismo (nunca se habla de corrupción), incluso en lo que tiene de violador de derechos humanos, en nombre de un bien mayor: derrotar a los monstruos que amenazan destruir a la colectividad entera. Son, digamos, validaciones de la acción autoritaria por contraste con la supuesta indolencia democrática. ¿Es eso ya un sistema de valores, algo más próximo a una cultura, o es todavía una fábula reactiva, un conjunto de orientaciones que solo tiene sentido en tanto se piense que hay una amenaza inminente que reclama actos excepcionales?
Una cultura, en este plano de discusión, puede ser entendida como un conjunto de representaciones y valores sostenidos no por contraste sino como válidos, buenos y deseables en sí mismos. ¿La fe fujimorista puede ser situada en ese plano, es decir, uno en el que el autoritarismo y todas sus prácticas asociadas no necesiten justificarse como algo inevitable sino como manera afirmativas de entender la vida social en sí misma? En este punto, la reflexión podría empezar a encontrar zonas de intersección con otros mundos mentales que no se reducen al fujimorismo en términos políticos, pero que comparten algunos valores con él: por ejemplo, el emprendedurismo. El emprendedurismo tiene algo de autoritario y mucho de asocial, pero suele enunciar sus valores en positivo, como una suerte de gesta individual y familiar frente a un mundo adverso, como una historia de sacrificio e inmolación por el bien de "los suyos". ¿Es eso una “cultura” que no agota, sino que contiene a la “mentalidad” fujimorista?
Una segunda y última nota: al hablar de mentalidad es natural una asociación con el aprismo histórico (antes de que fuera convertido en un club de malandrines por Alan García y su séquito). Se llegaba a hablar de una “cultura aprista” alojada y transmitida en una suerte de sistemas de familias que incluso podían llegar –esto lo digo yo—a la categoría de clanes. Hay un punto de contacto con el fenómeno fujimorista: Juan Carlos señala el ámbito familiar como el espacio fundamental de reproducción de esa fe. La diferencia –también lo dice el texto—es que el aprismo se correspondía con un marco institucional –el partido--, cosa que no existe necesariamente en el caso del fujimorismo (aunque se insista un poco falazmente en que son “el partido mejor organizado” y cosas parecidas), así como tampoco existe una historia de martirio, a no ser que haga las veces de martirio –todo es posible—la ridícula picaresca del jefe que fugó a Japón, buscó allá una senaduría, viajó quién sabe por qué a Chile y terminó dando con sus huesos ante un tribunal de justicia en Perú, frente al que se confesó oficialmente corrupto. No existe ahí, en realidad, a diferencia del fenómeno aprista –el de verdad-- una moral de grupo adherida a un conjunto de valores asumidos y proclamados en positivo.
Mientras el sistema de creencias fujimorista esté atado a la noción de una crisis que reclama a un salvador y que justifica suspender toda norma de civilidad y hasta de humanidad, todo esto aparece –y esto que digo será puramente especulativo-- como un pragmatismo. Funciona y se reproduce en la medida en que haya una memoria y unas expectativas de catástrofe, las que, por lo demás, son convenientemente mantenidas y pregonadas por los caciques que medran en el Congreso y ahora en la Presidencia. Porque para el fujimorismo –el del cogollo en el poder, no el del ciudadano común y corriente—las crisis no son calamidades que prevenir y remediar, sino oportunidades que explotar.
Buenas, tiene el link del libro?
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