viernes, 15 de mayo de 2026

Los trabajos de la memoria, de Elizabeth Jelin. Veinte años.

 

Félix Reátegui Carrillo

Se han cumplido veinte años de la publicación de un libro que está llamado a ser un clásico de las ciencias sociales de América Latina. Me refiero a Los trabajos de la memoria, de la socióloga argentina Elizabeth Jelin. Tal vez consignarlo en el casillero de las ciencias sociales sorprenda a algunos. No se piensa en Los trabajos de la memoria como un texto disciplinario porque, en realidad, su tema --la memoria de procesos sociales traumáticos-- involucra ámbitos de reflexión e investigación muy distintos. Pero tras dos décadas de una profusión de trabajos sobre memoria en la región, tal vez sea buena idea acentuar esa primera filiación, porque de ella se desprenden un marco conceptual y también un programa de investigación que los estudios de memoria harían bien en tener presente.

En el año 2002 la recuperación o conservación de la memoria, y las luchas alrededor de ella, formaban ya parte de los procesos políticos de América Latina. Eso era particularmente cierto en el Cono Sur. Paralelamente, crecía un interés académico en la cuestión, es decir, en observar cómo surgían esas memorias, qué papel cumplían en las sociedades y por qué travesías pasaban en su búsqueda de un lugar en la sociedad. Así, el libro de Elizabeth Jelin no podría ser descrito como pionero, pero sí, acaso, como algo aún más relevante: como un efectivo intento de conquistar un lugar definido para la memoria en nuestra reflexión intelectual y como una clara descripción de las preguntas centrales sobre una materia que se resiste a todo encasillamiento. Si la memoria o, más ampliamente, la dimensión simbólica de nuestros procesos sociopolíticos eran un territorio recién descubierto, Elizabeth Jelin fue una de sus primeros y más efectivos cartógrafos.

No es mi intención hacer una reseña pormenorizada de Los trabajos de la memoria dos décadas después. Me interesa más bien resaltar lo que esa lectura del terreno significó, y podría significar todavía, para los estudios sobre memoria. El punto de partida es claro y simple. La memoria de la que hablamos es entendida como la operación de dar sentido al pasado, lo cual significa que no es una inercial precipitación de las experiencias sobre la conciencia de un sujeto. La memoria no es algo que le sucede a un individuo o a una colectividad, sino algo que estos hacen. Y las preguntas que nos planteamos sobre ella siguen dos direcciones: cómo se gesta y cómo se elabora una cierta memoria a la escala del individuo o de la colectividad involucrada; y cómo existe esa memoria en la sociedad en general, es decir, a qué transacciones, adecuaciones o conflictos se enfrenta al encontrarse con las memorias de otros sectores sociales o con los poderes instituidos. Para Elizabeth Jelin la memoria es una construcción social narrativa y contenciosa. Y ahí están condensados los términos del problema que propone: por ser construcción es un trabajo; por ser social es resultado de una interacción; por ser narrativa es un discurso organizado en vez de un cúmulo de imágenes trizadas; y en tanto es contenciosa, la memoria es un asunto eminentemente político. También se puede encontrar en esa formulación el cuño sociológico del planteamiento. A fin de cuentas, toda curiosidad sociológica es una preocupación por saber cuáles son las raíces sociales de una conducta humana; cómo es que, a su vez, esa conducta influye en la sociedad en que tiene lugar, y de qué manera esa conducta se relaciona (interactúa) con las otras conductas y cosas existentes a su alrededor.

La exposición del problema sigue grosso modo ese orden de preguntas. En primer lugar está la cuestión de la identidad individual y social de los sujetos que hacen memoria. La capacidad de recordar es individual. Casi se podría decir que no es solo una capacidad sino un destino –o, en lenguaje sociológico, una determinación. No se puede no recordar. Pero, otra vez, la memoria no es un recuerdo en ese sentido: no es una determinación sino un quehacer. Ese quehacer, a la vez, es libre e individual y no lo es: es una labor condicionada por datos prexistentes en la sociedad como ideas, nociones, políticas de educación, intereses, fenómenos de dominación, metas y miedos colectivos. Ahí están los marcos sociales de la memoria y los encuadres de la memoria: de Maurice Halbwachs a Henri Rousso. Se dibuja ahí un proceso creativo. Las personas reciben una memoria, pero a la vez pugnan por crearse una propia: es el proceso de construcción de la identidad. Pero, además, la memoria de la que habla Elizabeth Jelin no es la de la vida ordinaria, sino la de la vida tras una experiencia traumática. Ahí, el elemento creativo, el elemento de trabajo cobra otra significación. Se trata de enfrentar aquello a lo que en primera instancia no se puede dar sentido y que ha hecho colapsar nuestra capacidad de dar razón del mundo, de narrarlo. La memoria es un trabajo narrativo, un intento de reparar las “grietas en la capacidad narrativa” del sujeto.

Pero, ya está implícito, no hay memoria individual o privada que valga si es que no existe en el mundo público. La memoria, como todo aspecto de la vida social, solo existe en tanto nos pone en relación con los demás. La memoria es, así, siempre, un discurso, esto es, una propuesta de interpretación de acontecimientos colectivos, incluso si, en un sentido literal, la memoria de un sujeto particular se refiere a su vivencia particular. Se abre entonces la pregunta, o la pugna, sobre quién está autorizado para definir los hechos y quién otorga o reconoce tal autoridad. Esto nos sitúa ya en otro aspecto de la cuestión, que es de las luchas por las representaciones del pasado. Pasamos de la pregunta por la génesis de la memoria a la pregunta por su existencia social y política.

Elizabeth Jelin hace bien en prevenirnos contra este mecanicismo: pensar que el esquema de dominación o de desigualdad socioeconómica de la sociedad se traslada tal cual al esquema de dominación simbólica: es decir, la idea de que la capacidad para imponer una memoria siempre está en manos de los poderosos. La lucha por la legitimidad y el reconocimiento sigue cauces un poco distintos. (Se podría precisar, sin embargo, que esos cauces distintos son posibles en una democracia liberal, ahí donde la política toma la forma de una arena de competencia entre sectores con poderes desiguales).

Nos encontramos ya en el terreno de la lucha política que es una lucha por la hegemonía. Aquí surge ahora la pregunta sobre los actores. ¿Quiénes son los actores relevantes en una lucha política? La noción de emprendedores de memoria, que Elizabeth Jelin adapta a partir de un texto de Howard Becker, es importante, sobre todo, porque designa de manera específica y diferenciada al actor particular de esa arena de competencias. La lucha por la memoria aparece, así, estructurada. No es una lucha espontánea ni invertebrada, sino una auténtica lid política organizada mediante una agenda. Esta paulatina construcción del objeto de estudio –de las pulsiones íntima del recuerdo a la lucha política organizada en un marco institucional—es una lección fundamental de ciencia social. Los estratos del problema se apilan, pero no se confunden. Ya aquí tenemos actores que hacen un uso político y público de la memoria, que despliegan tácticas, que conquistan aliados, que buscan las circunstancias más favorables para su acción. Tan importante como eso, Elizabeth Jelin nos dice alrededor de qué objetos en concreto se da esa lucha: fechas, aniversarios, conmemoraciones, marcas territoriales. Si la memoria es un discurso, un hecho simbólico, la lucha política por la memoria se da sobre un terreno material muy identificable y se resuelve, en gran medida, en el dominio institucional. Por otro lado, no hay lucha política que no transforme a las partes en pugna. Ya sea a escala vecinal, comunal o nacional, las memorias que se oponen también terminan resonando unas en otras. La memoria es un fenómeno intersubjetivo. Así como es una trama que tejen todos los que participaron de una misma experiencia traumática, en el plano político la memoria es una controversia, un debate donde los trasiegos son inevitables. Pero, además, como esta no es una pugna que se resuelva en el plazo inmediato, la memoria está sujeta también a cambios que vienen del paso del tiempo, del relevo de generaciones, del alejamiento cronológico de los hechos que la activaron en primer lugar, del cambio de carácter de los opositores originales.

Queda por preguntarse sobre los efectos sociales de la memoria. La memoria es inevitable, pero ¿toda memoria es liberadora o constructiva o democrática? Es ineludible la referencia a Tzvetan Todorov y su distinción entre memoria literal –aquella que se afinca en el hecho traumático para escarbar en él indefinidamente—y la memoria ejemplar –aquella que se apoya en el pasado para extraer lecciones para el futuro. Otra distinción relevante es la que opone la práctica exclusiva de la memoria, por la que una colectividad reclama para si sola la autoridad para hablar del pasado, a la práctica inclusiva, es decir, aquella que busca, más bien, hacer de la memoria una convocatoria pública. Haría falta decir que una es tan legítima como la otra. Una colectividad tiene derecho a afincarse en el pasado y a reclamarse como la única voz autorizada sobre su pasado. Pero, al mismo tiempo, conviene advertir, como lo hace Elizabeth Jelin, que el riesgo de esa dirección es caer en el silencio, el aislamiento y el vacío institucional. Es decir, la pérdida de todo sentido político para nuestra relación con el pasado.

Parte importante de esos efectos sociales reside en la relación entre las colectividades que hacen memoria y las colectividades profesionales y académicas que se interesan en ella. Después de todo, ocuparse profesionalmente de la memoria es, también, convertirse en un intermediario e incluso en un aliado. Elizabeth Jelin identifica tres formas de la relación entre historia y memoria: esta puede ser un recurso para la investigación del pasado, o puede ser una materia social que la historia puede corregir y precisar mediante sus hallazgos objetivos, o puede ser un objeto de estudio. En este caso, el hecho social por esclarecer es la memoria, y la pregunta es interpretativa: dadas estas divergencias o estos huecos en la memoria de un hecho traumático, ¿qué motivos tuvieron las personas para operar esas transformaciones, para adoptar esas falsedades en su representación del pasado? La pregunta sobre la correspondencia entre verdad y recuerdo, entre hecho y memoria es delicada. De algún modo esa pregunta está en el centro de esa operación básica del trabajo sobre memoria: el recojo de testimonios y la compleja relación entre entrevistador y testigo. Si el que escucha, el entrevistador o cualquier otro oyente interesado, es indispensable para la construcción de una narrativa social, es decir, para la articulación pública de una memoria, al mismo tiempo es un elemento que condiciona esa narración. El que trabaja con testimonios, por otra parte, necesita tener una conciencia teórica alerta –la vigilancia epistemológica de la que hablaba Pierre Bourdieu—para distinguir cuándo está tratando a los testimonios como documentos de esa cosa llamada representación social, un fenómeno autosuficiente al que no le reclamamos correspondencia exacta con los hechos, y cuándo está tratando a los testimonios como evidencias de una realidad fáctica.

Se podría decir que la confusión entre una aproximación y otra --por ejemplo, bajo la forma de la generalización-- es una de las trampas en que más frecuentemente caen los estudios sobre memoria. Pero no es la única. Y el libro de Elizabeth Jelin, veinte años después, si bien es principalmente una lúcida síntesis teórico-metodológica del campo y un programa de investigación, también es un recordatorio disciplinar en el doble sentido de la palabra: nos recuerda las categorías básicas de la disciplina científica de la que son tributarios los estudios sobre memoria, y nos llama a practicar una disciplina conceptual tanto más necesaria en un campo cuya riqueza reside en su diversidad.

(Publicado en el Boletín de Idehpucp)

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