Félix Reátegui Carrillo
Se
han cumplido veinte años de la publicación de un libro que está llamado a ser un
clásico de las ciencias sociales de América Latina. Me refiero a Los
trabajos de la memoria, de la socióloga argentina Elizabeth Jelin. Tal vez
consignarlo en el casillero de las ciencias sociales sorprenda a algunos. No se
piensa en Los trabajos de la memoria como un texto disciplinario porque,
en realidad, su tema --la memoria de procesos sociales traumáticos-- involucra
ámbitos de reflexión e investigación muy distintos. Pero tras dos décadas de
una profusión de trabajos sobre memoria en la región, tal vez sea buena idea
acentuar esa primera filiación, porque de ella se desprenden un marco
conceptual y también un programa de investigación que los estudios de memoria
harían bien en tener presente.
En el año 2002 la recuperación o conservación de la memoria, y las luchas
alrededor de ella, formaban ya parte de los procesos políticos de América
Latina. Eso era particularmente cierto en el Cono Sur. Paralelamente, crecía un
interés académico en la cuestión, es decir, en observar cómo surgían esas
memorias, qué papel cumplían en las sociedades y por qué travesías pasaban en
su búsqueda de un lugar en la sociedad. Así, el libro de Elizabeth Jelin no
podría ser descrito como pionero, pero sí, acaso, como algo aún más relevante:
como un efectivo intento de conquistar un lugar definido para la memoria en
nuestra reflexión intelectual y como una clara descripción de las preguntas
centrales sobre una materia que se resiste a todo encasillamiento. Si la
memoria o, más ampliamente, la dimensión simbólica de nuestros procesos
sociopolíticos eran un territorio recién descubierto, Elizabeth Jelin fue una
de sus primeros y más efectivos cartógrafos.
No es mi intención hacer una reseña pormenorizada de Los trabajos de la
memoria dos décadas después. Me interesa más bien resaltar lo que esa
lectura del terreno significó, y podría significar todavía, para los estudios
sobre memoria. El punto de partida es claro y simple. La memoria de la que
hablamos es entendida como la operación de dar sentido al pasado, lo cual
significa que no es una inercial precipitación de las experiencias sobre la
conciencia de un sujeto. La memoria no es algo que le sucede a un individuo o a
una colectividad, sino algo que estos hacen. Y las preguntas que nos planteamos
sobre ella siguen dos direcciones: cómo se gesta y cómo se elabora una cierta
memoria a la escala del individuo o de la colectividad involucrada; y cómo
existe esa memoria en la sociedad en general, es decir, a qué transacciones,
adecuaciones o conflictos se enfrenta al encontrarse con las memorias de otros
sectores sociales o con los poderes instituidos. Para Elizabeth Jelin la
memoria es una construcción social narrativa y contenciosa. Y ahí están
condensados los términos del problema que propone: por ser construcción es un
trabajo; por ser social es resultado de una interacción; por ser narrativa es
un discurso organizado en vez de un cúmulo de imágenes trizadas; y en tanto es contenciosa,
la memoria es un asunto eminentemente político. También se puede encontrar en
esa formulación el cuño sociológico del planteamiento. A fin de cuentas, toda
curiosidad sociológica es una preocupación por saber cuáles son las raíces
sociales de una conducta humana; cómo es que, a su vez, esa conducta influye en
la sociedad en que tiene lugar, y de qué manera esa conducta se relaciona (interactúa)
con las otras conductas y cosas existentes a su alrededor.
La exposición del problema sigue grosso modo ese orden de preguntas.
En primer lugar está la cuestión de la identidad individual y social de los
sujetos que hacen memoria. La capacidad de recordar es individual. Casi se
podría decir que no es solo una capacidad sino un destino –o, en lenguaje
sociológico, una determinación. No se puede no recordar. Pero, otra vez, la
memoria no es un recuerdo en ese sentido: no es una determinación sino un
quehacer. Ese quehacer, a la vez, es libre e individual y no lo es: es una
labor condicionada por datos prexistentes en la sociedad como ideas, nociones,
políticas de educación, intereses, fenómenos de dominación, metas y miedos
colectivos. Ahí están los marcos sociales de la memoria y los encuadres de la
memoria: de Maurice Halbwachs a Henri Rousso. Se dibuja ahí un proceso creativo.
Las personas reciben una memoria, pero a la vez pugnan por crearse una propia:
es el proceso de construcción de la identidad. Pero, además, la memoria de la
que habla Elizabeth Jelin no es la de la vida ordinaria, sino la de la vida
tras una experiencia traumática. Ahí, el elemento creativo, el elemento de
trabajo cobra otra significación. Se trata de enfrentar aquello a lo que en
primera instancia no se puede dar sentido y que ha hecho colapsar nuestra
capacidad de dar razón del mundo, de narrarlo. La memoria es un trabajo
narrativo, un intento de reparar las “grietas en la capacidad narrativa” del
sujeto.
Pero, ya está implícito, no hay memoria individual o privada que valga si
es que no existe en el mundo público. La memoria, como todo aspecto de la vida
social, solo existe en tanto nos pone en relación con los demás. La memoria es,
así, siempre, un discurso, esto es, una propuesta de interpretación de
acontecimientos colectivos, incluso si, en un sentido literal, la memoria de un
sujeto particular se refiere a su vivencia particular. Se abre entonces la
pregunta, o la pugna, sobre quién está autorizado para definir los hechos y
quién otorga o reconoce tal autoridad. Esto nos sitúa ya en otro aspecto de la
cuestión, que es de las luchas por las representaciones del pasado. Pasamos de
la pregunta por la génesis de la memoria a la pregunta por su existencia social
y política.
Elizabeth Jelin hace bien en prevenirnos contra este mecanicismo: pensar
que el esquema de dominación o de desigualdad socioeconómica de la sociedad se
traslada tal cual al esquema de dominación simbólica: es decir, la idea de que la
capacidad para imponer una memoria siempre está en manos de los poderosos. La
lucha por la legitimidad y el reconocimiento sigue cauces un poco distintos.
(Se podría precisar, sin embargo, que esos cauces distintos son posibles en una
democracia liberal, ahí donde la política toma la forma de una arena de
competencia entre sectores con poderes desiguales).
Nos encontramos ya en el terreno de la lucha política que es una lucha por
la hegemonía. Aquí surge ahora la pregunta sobre los actores. ¿Quiénes son los
actores relevantes en una lucha política? La noción de emprendedores de
memoria, que Elizabeth Jelin adapta a partir de un texto de Howard Becker, es
importante, sobre todo, porque designa de manera específica y diferenciada al
actor particular de esa arena de competencias. La lucha por la memoria aparece,
así, estructurada. No es una lucha espontánea ni invertebrada, sino una
auténtica lid política organizada mediante una agenda. Esta paulatina
construcción del objeto de estudio –de las pulsiones íntima del recuerdo a la
lucha política organizada en un marco institucional—es una lección fundamental
de ciencia social. Los estratos del problema se apilan, pero no se confunden. Ya
aquí tenemos actores que hacen un uso político y público de la memoria, que
despliegan tácticas, que conquistan aliados, que buscan las circunstancias más
favorables para su acción. Tan importante como eso, Elizabeth Jelin nos dice
alrededor de qué objetos en concreto se da esa lucha: fechas, aniversarios,
conmemoraciones, marcas territoriales. Si la memoria es un discurso, un hecho
simbólico, la lucha política por la memoria se da sobre un terreno material muy
identificable y se resuelve, en gran medida, en el dominio institucional. Por
otro lado, no hay lucha política que no transforme a las partes en pugna. Ya
sea a escala vecinal, comunal o nacional, las memorias que se oponen también
terminan resonando unas en otras. La memoria es un fenómeno intersubjetivo. Así
como es una trama que tejen todos los que participaron de una misma experiencia
traumática, en el plano político la memoria es una controversia, un debate
donde los trasiegos son inevitables. Pero, además, como esta no es una pugna
que se resuelva en el plazo inmediato, la memoria está sujeta también a cambios
que vienen del paso del tiempo, del relevo de generaciones, del alejamiento
cronológico de los hechos que la activaron en primer lugar, del cambio de
carácter de los opositores originales.
Queda por preguntarse sobre los efectos sociales de la memoria. La memoria
es inevitable, pero ¿toda memoria es liberadora o constructiva o democrática? Es
ineludible la referencia a Tzvetan Todorov y su distinción entre memoria
literal –aquella que se afinca en el hecho traumático para escarbar en él
indefinidamente—y la memoria ejemplar –aquella que se apoya en el pasado para
extraer lecciones para el futuro. Otra distinción relevante es la que opone la
práctica exclusiva de la memoria, por la que una colectividad reclama para si
sola la autoridad para hablar del pasado, a la práctica inclusiva, es decir,
aquella que busca, más bien, hacer de la memoria una convocatoria pública. Haría
falta decir que una es tan legítima como la otra. Una colectividad tiene
derecho a afincarse en el pasado y a reclamarse como la única voz autorizada
sobre su pasado. Pero, al mismo tiempo, conviene advertir, como lo hace
Elizabeth Jelin, que el riesgo de esa dirección es caer en el silencio, el
aislamiento y el vacío institucional. Es decir, la pérdida de todo sentido
político para nuestra relación con el pasado.
Parte importante de esos efectos sociales reside en la relación entre las
colectividades que hacen memoria y las colectividades profesionales y
académicas que se interesan en ella. Después de todo, ocuparse profesionalmente
de la memoria es, también, convertirse en un intermediario e incluso en un
aliado. Elizabeth Jelin identifica tres formas de la relación entre historia y
memoria: esta puede ser un recurso para la investigación del pasado, o puede
ser una materia social que la historia puede corregir y precisar mediante sus
hallazgos objetivos, o puede ser un objeto de estudio. En este caso, el hecho
social por esclarecer es la memoria, y la pregunta es interpretativa: dadas
estas divergencias o estos huecos en la memoria de un hecho traumático, ¿qué
motivos tuvieron las personas para operar esas transformaciones, para adoptar
esas falsedades en su representación del pasado? La pregunta sobre la
correspondencia entre verdad y recuerdo, entre hecho y memoria es delicada. De
algún modo esa pregunta está en el centro de esa operación básica del trabajo
sobre memoria: el recojo de testimonios y la compleja relación entre
entrevistador y testigo. Si el que escucha, el entrevistador o cualquier otro
oyente interesado, es indispensable para la construcción de una narrativa
social, es decir, para la articulación pública de una memoria, al mismo tiempo
es un elemento que condiciona esa narración. El que trabaja con testimonios,
por otra parte, necesita tener una conciencia teórica alerta –la vigilancia
epistemológica de la que hablaba Pierre Bourdieu—para distinguir cuándo está
tratando a los testimonios como documentos de esa cosa llamada
representación social, un fenómeno autosuficiente al que no le reclamamos
correspondencia exacta con los hechos, y cuándo está tratando a los testimonios
como evidencias de una realidad fáctica.
Se podría decir que la confusión entre una aproximación y otra --por
ejemplo, bajo la forma de la generalización-- es una de las trampas en que más
frecuentemente caen los estudios sobre memoria. Pero no es la única. Y el libro
de Elizabeth Jelin, veinte años después, si bien es principalmente una lúcida
síntesis teórico-metodológica del campo y un programa de investigación, también
es un recordatorio disciplinar en el doble sentido de la palabra: nos recuerda
las categorías básicas de la disciplina científica de la que son tributarios
los estudios sobre memoria, y nos llama a practicar una disciplina conceptual
tanto más necesaria en un campo cuya riqueza reside en su diversidad.
(Publicado en el Boletín de Idehpucp)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario