Por Félix Reátegui Carrillo
Martha C. Nussbaum. Ciudadelas
de la soberbia. Agresión sexual, responsabilización y reconciliación.
Bogotá, Paidós, (2021) 2022.
“Era el mejor de los tiempos; era
el peor de los tiempos”, escribió Charles Dickens al inicio de A Tale of Two
Cities, su novela ambientada en los alrededores de la Revolución Francesa. Ciento
sesenta y tres años después, la filósofa Martha Nussbaum retoma la frase para
hablar de otra revolución. Pero esta no es una revolución política, sino social,
moral y jurídica: la explosión de demanda efectiva de justicia frente al abuso
sexual que sufre secularmente la población femenina. Y como la evocada por
Dickens, piensa Nussbaum, esta tiene también sus luces y sus sombras. El mejor
de los tiempos: este impulso invalorable hacia la justicia; el peor: los inevitables
desbordes de ese empuje.
Su visión de esta revolución es
inequívocamente positiva y esperanzada. Pero, ilustrada y liberal, Nussbaum no
se permite ignorar que esta también evidencia deformaciones si se la observa
desde una noción integral de justicia, una en la que se produzca este difícil
equilibrio: reconocimiento a la víctima, sanción oportuna y proporcional al
trasgresor, debido proceso y rehabilitación de la persona agredida. Su libro es
una descripción de este fragoroso campo de batalla y, más que eso, un intento
de hacer encajar las piezas de la justicia. Un intento --cabría decir-- tal vez
demasiado optimista en medio de una revolución en pleno estado de ebullición.
Pero lo primero es capturar el
problema de origen: la persistencia de la agresión sexual y del acoso sexual
como unas de las formas de desigualdad que más golpean a las mujeres alrededor
del mundo. Toda evaluación de las formas que van adquiriendo la denuncia y la demanda
de justicia tiene que empezar por reconocer que estas responden a un problema
histórico. Y, además, que el problema tiene, por lo menos, dos dimensiones. Una
es, obviamente, la recurrencia del acoso y la agresión sexual, incluyendo la
violación. La otra es la impunidad, incluso ahora que han crecido la conciencia
pública del abuso, las políticas para prevenirlo y las normas para sancionarlo.
Martha Nussbaum se pregunta por
las dos cuestiones, y señala su estrecha correspondencia. Su tesis explicativa
es la del título. Si no existe rendición de cuentas efectiva a pesar de las
normas y las instituciones, y si, en primer lugar, la conducta abusiva existe y
se reproduce, la explicación reside en las ciudadelas de soberbia en las
que crece y vive el agresor masculino.
¿Qué son las ciudadelas de
soberbia? Son, se podría decir, la atalaya desde la cual cierta población
masculina –siempre será discutible cuánto cabe generalizar en este dominio—observa
a las mujeres y las convierte simbólicamente en objetos o cosas. Desde esta
mirada cosificante, piensa Nussbaum, el varón no llega a creer en la plena
realidad o en la existencia real de las mujeres. Estas aparecen como medios
para su gratificación, seres privados de autonomía y voluntad propia –eso que
en las ciencias sociales se denomina agencia-- cuya insubordinación o cuya
resistencia a los designios masculinos aparecen como una amenaza o como una
injuria. Amenaza: la incursión de las mujeres en esferas de acción típicamente
masculinas. Injuria: el rechazo a una pretensión sexual que al parecer priva al
varón, sobre todo, de esa parte central de su orgullo que es la capacidad de
conquista erótica. La consecuencia es la hostilización o la plena violencia.
En esta interpretación del
fenómeno se aprecia, desde luego, la importancia que Martha Nussbaum ha
otorgado en las últimas décadas a las emociones en la configuración de la ética
pública y la privada. La ética no es puramente una construcción racionalista de
estilo kantiano sino, en todo caso, el resultado de una interacción entre
razones y emociones. La ética práctica está conformada por valores de estirpe
racional, convicciones de origen tradicional y la lucha de cada persona por
hacerse de un lugar material y simbólico en el mundo.
La lectura del privilegio
masculino que propone Nussbaum es persuasiva. En ella podemos reconocer una
plantilla para descifrar muchas situaciones típicas de discriminación,
hostilidad y violencia contra las mujeres. Pero ¿es generalizable? Esta
pregunta es necesaria, sobre todo, porque los casos típicos que analiza el
libro se refieren a una clase particular de varones, un tipo precisamente
alejado del promedio: hombres poderosos, ricos, influyentes y celebrados en el
mundo del deporte, el espectáculo o las artes, y la judicatura. Es cierto que a
lo largo de su argumentación Martha Nussbaum sugiere que estos son, en última
instancia, casos exacerbados de un fenómeno masculino típico y que entre los
hombres no privilegiados fermenta, en todo caso, una “envida de estatus”. Sin
embargo, se echa de menos un tratamiento más detenido de esa cuestión o al
menos una argumentación casuística: mostrar, por ejemplo, si y cómo en estratos
sociales no privilegiados los varones desarrollan un comportamiento análogo y
con parecidas expectativas de impunidad.
Esto no equivale a negar que la
violencia sexual contra las mujeres sea recurrente en cualquier estrato social.
Es una pregunta sobre la universalidad del mecanismo psicológico y sociológico
postulado por Nussbaum. Es decir: ¿la violencia en esas otras capas sociales
obedece también a la pulsión cosificante de la soberbia? ¿El componente de
soberbia presente en la educación sentimental masculina sirve para explicar la
conducta trasgresora del oficinista o profesor promedio del mismo modo en que
explica la del multimillonario astro de la National Basketball Association?
En todo caso,
la exposición del problema no se agota en el mecanismo interno que desata la
agresión sino que se extiende hacia su necesario complemento: la fuerte
expectativa de impunidad que rodea al agresor. La casuística del libro, como se
ha dicho, habla de depredadores sexuales en el dominio del espectáculo (Harvey Weinstein,
Bill Cosby, Plácido Domingo), del deporte universitario y de la alta
magistratura. “Típicamente, -dice Martha Nussbaum— son ámbitos donde un puñado
de gente con talento excepcional produce mucho dinero para otros o tiene mucho
poder sobre otros”. Y además se trata de sujetos irremplazables. A diferencia
del alto ejecutivo (CEO) o del político, el atleta superdotado o el artista
singular no son creados en escuelas ni clubes de élite. Son tréboles de cuatro
hojas. Y es aquí donde, se podría decir,
aparecen la llave y el candado de esas ciudadelas de soberbia: la codicia de todo
ese ejército de empresarios y autoridades que se benefician de esos talentos y
que no pueden permitir su caída. (Nussbaum señala, de manera interesante, que
las megaestrellas del espectáculo que han caído en desgracia por su conducta
predatoria cayeron ya en el ocaso de sus carreras: Bill Cosby sería el caso
paradigmático). Así se produce la interacción y el reforzamiento de dos tendencias:
las convicciones internas nacidas de una socialización para la soberbia y la
expectativa externa de impunidad de los reyes Midas de nuestros días. El
resultado, ciudadelas inexpugnables, recintos amurallados contra la rendición
de cuentas a pesar de las convenciones y las normas que contemporáneamente condenan
la agresión sexual.
Hoy damos por
sentado que la depredación sexual, y la extorsión y la marginación de contenido
sexual, son conductas condenables y punibles. Pero esa conciencia y las normas
correspondientes son una conquista relativamente reciente, y su activación más
enérgica es más reciente aún: el movimiento #MeToo data del año 2017. Para
Nussbaum todo ello forma parte de “el mejor de los tiempos”, pero también de
“el peor”. Así como la soberbia predatoria masculina es tratada como un “vicio
de dominación”, ciertas formas de respuesta o retaliación son discutidas por
Nussbaum como ”vicios de victimidad”.
Este es un
tema espinoso, el de la calidad moral de la víctima. Y su discusión puede ser
fácilmente distorsionada. Su abordaje es una actitud valiente de Martha
Nussbaum, una actitud motivada por la búsqueda de respuestas efectivas y
sostenibles al abuso contra las mujeres. Se pregunta la autora hasta qué punto
la injusticia o el abuso sufridos terminan por afectar también a la
“personalidad moral” de la víctima, en qué medida el crimen también socava su
virtud, de qué manera la experiencia de la opresión causa un daño moral en el
oprimido. ¿Qué motiva estas preguntas? Naturalmente, ciertas tendencias de la lucha
contra el abuso que se reconcentran en la retribución del daño al abusador (por
ejemplo, mediante el desprestigio social) y que, en esa procura, desestiman las
reglas del debido proceso y toda forma de “reconciliación”. Nussbaum reconoce
que la rabia contra el abuso (más aún cuando este ha estado secularmente
arropado por la indiferencia y la impunidad), la lealtad y la solidaridad
acríticas, son virtudes para la lucha. Pero son virtudes “cargadas”, de alguna
manera contaminadas precisamente por el fenómeno del abuso y no necesariamente
útiles para la vida cotidiana.
No está de más
hacer notar las consonancias entre este razonamiento y el que ya es
convencional en los estudios sobre memoria a partir de la distinción, debida a
Tzvetan Todorov, entre memoria literal y memoria ejemplar. Así como la memoria
literal se confina en el hecho traumático y quizás en la represalia, la virtud
de la ira contra el abuso sexual se recrea en una cierta “fantasía” retributiva
del daño. La memoria ejemplar, por su parte, quiere construir una salida, una
vida distinta a partir de las lecciones del pasado, nunca del olvido. Martha
Nussbaum distingue, por su parte, entre la rabia contra el abuso y la “rabia de
transición” (transition anger) orientada al futuro, y llama al feminismo
a hacer esa distinción.
¿Es realista esperar
una actitud mesurada, quién sabe si flemática, frente al abuso, confiando en
que el consenso moral, jurídico y político de nuestro tiempo tramite de manera
justa y oportuna las denuncias? Para Martha Nussbaum ese es el horizonte al que
hay que encaminarse. Se podría decir que la batalla por la justicia en el plano
de la conciencia pública ha obtenido grandes victorias (hay que tener presente
que el libro habla de la realidad estadounidense), pero que la lucha en la
esfera de la justicia penal todavía tiene un largo camino por delante. Una
porción sustancial de Ciudadelas de la soberbia está dedicada a examinar
los avances de la legislación norteamericana contra el abuso sexual desde el
momento fundante, ya remoto conceptual y cronológicamente, en que se aceptó la
tesis presentada por Catharine McKinnon en 1979 en Sexual Harassment of
Working Women: que el acoso sexual forma parte de la discriminación
laboral, contra la cual existía sanción federal bajo el título VII de la ley de
derechos civiles de 1964. Desde entonces la lucha contra el abuso sexual contra
mujeres ha sido, también, un prolongado camino de construcción jurídica, un
camino marcado, sobre todo, por el reconocimiento de la especificidad del abuso
contra mujeres.
Martha Nussbaum, quien en el prefacio menciona su propia experiencia de abuso y de agresión sexual (esto último por un actor protagónico de la olvidada serie de televisión The Waltons), examina los vacíos legales y de política todavía existentes y las maneras en que, mediante el derecho, se debería abatir en el futuro previsible los residuos de estas ciudadelas de soberbia, e insiste en el camino de la reconciliación. Pero esta no es otra cosa que rendición efectiva de cuentas y lo que Nussbaum llama “amor afirmativo”, es decir, una perspectiva de restauración de las víctimas. La justicia penal y administrativa es su condición indispensable, pero no suficiente, porque, después de todo, el derecho, para ser eficaz, ha de ser abstracto y generalizante. Hay también un trabajo cultural, una tarea de restauración emocional, por delante.
(Publicado en el Boletín de Idehpucp)
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