lunes, 11 de mayo de 2026

Violencia y ficción: mirar a contraluz # 4 (epílogo 2006)

 


Violencia y ficción: mirar a contraluz(Parte 4)


¿Todos somos culpables?

         Esa inconciencia es, por encima de todo, un pueril desplazamiento de la responsabilidad. Frente a ella, la ficción sobre la violencia insiste en explorar o, más que eso, en desmontar las coartadas que podrían fundamentar de algún modo u otro nuestra tentación de la inocencia.

         La inocencia aparece, en buena parte de la ficción, como un estado de falsedad. En La noche de Morgana, de Benavides, leemos que «nadie tenía la culpa de lo que estaba sucediendo y eso a la larga resultaba peligroso». Pero el espejo perverso de esa inocencia es la culpa generalizada que trivializa los crímenes poniendo una pulsión de muerte ahí donde debería haber estado nuestra conciencia. Hay que explorar el silencio, la atonía, la resignación en la cual se propagó la muerte impune. En el cuento citado, «todo últimamente tenía el sino de la renuncia, incluso la gente no hablaba de otra cosa que de renuncia y resignación desde que empezaron a difundirse las noticias de lo que sucedía en el país, desde que toda esta locura empezó a crecer y a crecer, y aun en el silencio apabullante que envolvía a Morgana cuando empezó a correr, había una culpa ominosa contra la que creyó oírse gritar sin obtener respuesta». Ese grito en el vacío sólo podía terminar, como en el relato, en la resignación ante los hechos consumados.

¿Es posible no escoger la violencia? Esa pregunta ocupa buena parte de la reflexión de Amadeo, el personaje de Vísperas, de Nieto Degregori, en su intento de comprender la adhesión de Grimaldo al senderismo. No deja de ser endeble la anécdota que quiere responder a esa pregunta —y el hecho de que esa anécdota pudiera estar tomada de la historia real de Hildebrando Pérez Huarancca no resolvería el problema literario, es decir, interpretativo, como tal—: rescatado de la cárcel de Huamanga en una operación de Sendero Luminoso, Grimaldo no tiene más remedio que asumir su destino al lado de sus compañeros. Más prometedor es aquel pasaje del relato en el cual se nos cuenta que «Amadeo contempló ese multitudinario cortejo fúnebre (el de Edith Lagos) desde el balcón del departamento con la sensación de que en ese féretro envuelto en una bandera roja se iba para siempre el Grimaldo de su cuento». El Grimaldo «de su cuento» era un hombre en suspenso ante la elección que tenía que hacer; su conciencia era un espacio de deliberación abierta entre la acción violenta y la abstención. Ahora se nos sugiere que, si Grimaldo como personaje agónico ya no es viable para Amadeo, ello es porque el Estado ha equiparado a Sendero Luminoso en brutalidad: eso anula la tensión, suprime la dubitación moral e instala el reino de la decisión (el decisionismo en política es el reino de la amoralidad sea por una fuga hacia arriba —la trascendencia— o hacia abajo —la estrategia). Aquí queda implícito que el comportamiento de los sinchis redondea, perfeccionándolo, el círculo de la guerra, y cuando esta aparece, la política en tanto deliberación moral sobre los fines queda sustituida por la obligación de tomar partido.

         La pregunta sobre la responsabilidad se conjuga inevitablemente en ciertos puntos con la pregunta sobre los orígenes. El protagonista de Por la puerta del viento, de Rosas Paravicino, camino a dar sepultura a su hijo político, se dice «cuánto me arrepiento de haber sido yo el primero en inculcarle las ideas de cambio social. Acaso resultaba muy joven a los trece años para entender una doctrina que en su vida pudo ser una estrella o una bomba». La reflexión puede tener un sabor conservador si se traslada mecánicamente a la discusión política, pero resulta, en el ámbito de la imaginación literaria, un misterio que es tentador visitar y revisitar, no a modo de desautorización de una idea sino en el espíritu de plantear un misterio: la alquimia de las ideas y las generaciones, el enrevesado eslabonamiento —si él es imaginable— que lleva del pensamiento crítico, creador de sentido, a la criminalidad atroz. Es probable que no exista un caso más tentador para hacer esa exploración que el de la relación entre el respetado antropólogo Efraín Morote Best y su hijo, el líder senderista Osmán Morote.  El padre del tigre, de Carlos Eduardo Zavaleta, se arma a partir de esa relación para dejar sembradas preguntas sin respuesta. ¿De qué trata esa historia? ¿De la responsabilidad trascendente de quienes, como miembros de la elite intelectual ayacuchana, acunaron las ideas que después, tergiversadas, darían forma a Sendero Luminoso? Posiblemente, este sea un problema literario por excelencia; es, en todo caso, un problema que no tiene sentido en otro registro que no sea el de la representación simbólica de lo virtual, de lo que puede ser, de lo que, cierto o falso, es por lo menos pensable, y no en la forma de un torpe auto de fe sino en la de una hipótesis general sobre la cultura peruana contemporánea.

Todavía hay, por lo demás, rezagos arcaicos en esa cultura que pueden opacar la percepción razonada de las responsabilidades. Pensar que todos somos igualmente  culpables es tan inconducente como atrincherarse en una imposible inocencia total. También lo es escamotear la responsabilidad, y con ella el sufrimiento, el daño y el deber, presentando el crimen como un dato de la naturaleza o de la providencia. En La guerra del arcángel San Gabriel, de Dante Castro, el protagonista se dice en sueños: «Capaz el ajusticiamiento de los alcoholeros era el castigo de Dios por sus pecados». El hecho de que esta suposición se refiera a personajes moralmente repulsivos opaca un tanto la visión. ¿Es que mueren por sus pecados, de manera tal que Sendero Luminoso, o el Estado, son la mano justiciera de Dios? ¿Qué distancia hay entre esa presunción y la seguridad de tantos, hoy en día, de que los muertos son el costo social que hubo que pagar por la democracia? En ambos casos, estamos ante una deshumanización de la guerra, la cual resulta sustraída al campo de la responsabilidad. Dos formas de la amoralidad contemporánea —el providencialismo y la razón estratégica— se dan las manos para tejer un mismo argumento que trivializa la acción humana y la responsabilidad que le es intrínseca.

                                                                 *     *     *     *     *

            La visión involuntaria de El mural, de Reinoso, desbarata el recurrente dilema de los árboles y el bosque. Es a través de lo singular y concreto —es gracias a lo singular y concreto— como la ficción ha ido construyendo, proponiendo, recordando percepciones generales de los años de violencia en el Perú. Pero ese procedimiento es un privilegio de la literatura; en otros dominios, las visiones panorámicas, las hipótesis sobre la fisonomía general de una sociedad y de su historia, exigen métodos más terrestres y desautorizan toda intuición que no alcance la dignidad del concepto o la solidez de la muestra representativa. Pero hay aspectos de nuestro descenso a la barbarie que están más allá del silogismo y de la evidencia: responsabilidades que nunca podrán ser demostradas; ausencias que, por serlo, jamás podrán ser señaladas; temores y deseos, fascinaciones y odios que nadie nos obligará a confesar. ¿Hay que olvidarnos de ellos? Eso es posible, sin duda, del mismo modo que es factible que los políticos peruanos sigan hablando de democracia y paz fingiendo que los millares de fosas comunes sobre los que caminamos no existen ni existieron jamás. Es posible, pero es también empobrecedor y obsceno. Nuestro diálogo público reclama la ficción. Necesitamos imaginar para entender.

 


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