Violencia y ficción: mirar a contraluz. (Parte 4)
Esa inconciencia es, por
encima de todo, un pueril desplazamiento de la responsabilidad. Frente a ella,
la ficción sobre la violencia insiste en explorar o, más que eso, en desmontar
las coartadas que podrían fundamentar de algún modo u otro nuestra tentación de
la inocencia.
La inocencia aparece, en
buena parte de la ficción, como un estado de falsedad. En La noche de Morgana, de Benavides, leemos que «nadie tenía la culpa
de lo que estaba sucediendo y eso a la larga resultaba peligroso». Pero el
espejo perverso de esa inocencia es la culpa generalizada que trivializa los
crímenes poniendo una pulsión de muerte ahí donde debería haber estado nuestra
conciencia. Hay que explorar el silencio, la atonía, la resignación en la cual
se propagó la muerte impune. En el cuento citado, «todo últimamente tenía el
sino de la renuncia, incluso la gente no hablaba de otra cosa que de renuncia y
resignación desde que empezaron a difundirse las noticias de lo que sucedía en
el país, desde que toda esta locura empezó a crecer y a crecer, y aun en el
silencio apabullante que envolvía a Morgana cuando empezó a correr, había una
culpa ominosa contra la que creyó oírse gritar sin obtener respuesta». Ese
grito en el vacío sólo podía terminar, como en el relato, en la resignación
ante los hechos consumados.
¿Es posible no escoger la violencia? Esa pregunta ocupa
buena parte de la reflexión de Amadeo, el personaje de Vísperas, de Nieto Degregori, en su intento de comprender la
adhesión de Grimaldo al senderismo. No deja de ser endeble la anécdota que
quiere responder a esa pregunta —y el hecho de que esa anécdota pudiera estar
tomada de la historia real de Hildebrando Pérez Huarancca no resolvería el
problema literario, es decir, interpretativo, como tal—: rescatado de la cárcel
de Huamanga en una operación de Sendero Luminoso, Grimaldo no tiene más remedio
que asumir su destino al lado de sus compañeros. Más prometedor es aquel pasaje
del relato en el cual se nos cuenta que «Amadeo contempló ese multitudinario
cortejo fúnebre (el de Edith Lagos) desde el balcón del departamento con la
sensación de que en ese féretro envuelto en una bandera roja se iba para
siempre el Grimaldo de su cuento». El Grimaldo «de su cuento» era un hombre en
suspenso ante la elección que tenía que hacer; su conciencia era un espacio de deliberación
abierta entre la acción violenta y la abstención. Ahora se nos sugiere que, si
Grimaldo como personaje agónico ya no es viable para Amadeo, ello es porque el
Estado ha equiparado a Sendero Luminoso en brutalidad: eso anula la tensión,
suprime la dubitación moral e instala el reino de la decisión (el decisionismo en política es el reino de
la amoralidad sea por una fuga hacia arriba —la trascendencia— o hacia abajo
—la estrategia). Aquí queda implícito que el comportamiento de los sinchis redondea, perfeccionándolo, el
círculo de la guerra, y cuando esta aparece, la política en tanto deliberación
moral sobre los fines queda sustituida por la obligación de tomar partido.
La pregunta sobre la
responsabilidad se conjuga inevitablemente en ciertos puntos con la pregunta
sobre los orígenes. El protagonista de Por
la puerta del viento, de Rosas Paravicino, camino a dar sepultura a su hijo
político, se dice «cuánto me arrepiento de haber sido yo el primero en
inculcarle las ideas de cambio social. Acaso resultaba muy joven a los trece
años para entender una doctrina que en su vida pudo ser una estrella o una
bomba». La reflexión puede tener un sabor conservador si se traslada
mecánicamente a la discusión política, pero resulta, en el ámbito de la
imaginación literaria, un misterio que es tentador visitar y revisitar, no a
modo de desautorización de una idea sino en el espíritu de plantear un
misterio: la alquimia de las ideas y las generaciones, el enrevesado eslabonamiento
—si él es imaginable— que lleva del pensamiento crítico, creador de sentido, a
la criminalidad atroz. Es probable que no exista un caso más tentador para
hacer esa exploración que el de la relación entre el respetado antropólogo
Efraín Morote Best y su hijo, el líder senderista Osmán Morote. El
padre del tigre, de Carlos Eduardo Zavaleta, se arma a partir de esa
relación para dejar sembradas preguntas sin respuesta. ¿De qué trata esa historia? ¿De la responsabilidad
trascendente de quienes, como miembros de la elite intelectual ayacuchana,
acunaron las ideas que después, tergiversadas, darían forma a Sendero Luminoso?
Posiblemente, este sea un problema literario por excelencia; es, en todo caso,
un problema que no tiene sentido en otro registro que no sea el de la
representación simbólica de lo virtual, de lo que puede ser, de lo que, cierto
o falso, es por lo menos pensable, y
no en la forma de un torpe auto de fe sino en la de una hipótesis general sobre
la cultura peruana contemporánea.
Todavía hay, por lo demás, rezagos arcaicos en esa cultura
que pueden opacar la percepción razonada de las responsabilidades. Pensar que
todos somos igualmente culpables es tan
inconducente como atrincherarse en una imposible inocencia total. También lo es
escamotear la responsabilidad, y con ella el sufrimiento, el daño y el deber,
presentando el crimen como un dato de la naturaleza o de la providencia. En La guerra del arcángel San Gabriel, de
Dante Castro, el protagonista se dice en sueños: «Capaz el ajusticiamiento de
los alcoholeros era el castigo de Dios por sus pecados». El hecho de que esta
suposición se refiera a personajes moralmente repulsivos opaca un tanto la
visión. ¿Es que mueren por sus pecados, de manera tal que Sendero Luminoso, o
el Estado, son la mano justiciera de Dios? ¿Qué distancia hay entre esa
presunción y la seguridad de tantos, hoy en día, de que los muertos son el
costo social que hubo que pagar por la democracia? En ambos casos, estamos ante
una deshumanización de la guerra, la cual resulta sustraída al campo de la
responsabilidad. Dos formas de la amoralidad contemporánea —el providencialismo
y la razón estratégica— se dan las manos para tejer un mismo argumento que
trivializa la acción humana y la responsabilidad que le es intrínseca.
* * * * *
La visión involuntaria de El mural, de Reinoso, desbarata el
recurrente dilema de los árboles y el bosque. Es a través de lo singular y
concreto —es gracias a lo singular y concreto— como la ficción ha ido
construyendo, proponiendo, recordando percepciones generales de los años de
violencia en el Perú. Pero ese procedimiento es un privilegio de la literatura;
en otros dominios, las visiones panorámicas, las hipótesis sobre la fisonomía
general de una sociedad y de su historia, exigen métodos más terrestres y
desautorizan toda intuición que no alcance la dignidad del concepto o la
solidez de la muestra representativa. Pero hay aspectos de nuestro descenso a
la barbarie que están más allá del silogismo y de la evidencia:
responsabilidades que nunca podrán ser demostradas; ausencias que, por serlo,
jamás podrán ser señaladas; temores y deseos, fascinaciones y odios que nadie
nos obligará a confesar. ¿Hay que olvidarnos de ellos? Eso es posible, sin
duda, del mismo modo que es factible que los políticos peruanos sigan hablando
de democracia y paz fingiendo que los millares de fosas comunes sobre los que
caminamos no existen ni existieron jamás. Es posible, pero es también
empobrecedor y obsceno. Nuestro diálogo público reclama la ficción. Necesitamos
imaginar para entender.
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