Félix Reátegui Carrillo
Natalia Majluf. La invención del indio.
Francisco Laso y la imagen del Perú moderno.
Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2022.
Durante
la elección de 2021 nuestra imagen de la sociedad peruana pareció retroceder
medio siglo o más. Décadas de modernización, migraciones y transformaciones
oceánicas se evaporaron, y a los ojos de muchos observadores y estudiosos el
Perú volvió a estar dividido entre indios y criollos. Esto puede ser leído
simplemente como una de esas trampas que la ideología le juega una y otra vez a
la ciencia social. Pero más interesante puede ser considerarlo como un avatar
más del fenómeno de invención del indio como sinónimo de la nación que Natalia
Majluf rastrea minuciosa, creativamente a través de la obra pictórica de
Francisco Laso y su influjo sobre el indigenismo moderno. Las sucesivas
recaídas en una lectura dualista del país bien pueden ser observadas bajo esta
luz: el indigenismo es todavía un molde para cierta imaginación sobre el Perú
que se actualiza sobre todo en momentos de crisis y encono.
El
argumento de La Invención del Indio. Francisco Laso y la imagen del Perú
moderno se puede resumir, aunque imperfectamente, con unos cuantos trazos.
En la segunda mitad del siglo XIX los sectores intelectuales y artísticos,
blancos y criollos por definición, carecen de una imagen que sintetice a la
nacionalidad peruana. La cancelación del orden colonial les ha dejado como
heredad una sociedad que dominan materialmente, pero que no han descifrado ni
capturado culturalmente. El poder criollo padece una inseguridad. Por un lado,
necesita definirse por oposición a la potencia colonial y ha de ser
antihispanista; por otro lado, es demográficamente minoritario, es un cuerpo
dominante, pero excéntrico. La emergencia del indigenismo como forma de
representar el país y como discurso benevolente hacia las masas excluidas será
una forma de complementar el poder material con un poder simbólico. No hay
poder completo sin el poder de dar nombre a los demás.
Pero
ese indigenismo tiene al menos dos momentos. Hay un primer indigenismo que
surge tras la Guerra del Pacífico y es de contenido puramente justiciero. Este
indigenismo reclama la redención política y social del indio y, en última
instancia, como en el caso de González Prada, lo proclama el sujeto auténtico
de la nación. Aquí hay un matiz interesante. La proclamación del indio como el
auténtico Perú no es una declaración de naturaleza cultural o simbólica. No dice
que el indio sea la síntesis, la expresión o la representación genuina del Perú
sino el único sujeto realmente peruano. Donde está el indio está el Perú. Fuera
de su territorio, la sierra, el Perú se falsifica. Este es un indigenismo
reactivo, más interesado en rechazar lo criollo que en postular una identidad
india, indígena o andina. A este indigenismo lo sucederá otro, un indigenismo
moderno, más influido por la incipiente ciencia social del momento, para el
cual el indio será sobre todo portador de una cultura. Esta cultura
específicamente india se convertirá en el espacio de la diferencia respecto de
la hegemónica cultura criolla, occidental o moderna.
Este
indio así presentido como portador de un contenido propio es el que anuncia el
pintor Francisco Laso (y, a través de él, la generación romántica) en el cuadro
de 1855 titulado “Habitante de las Cordilleras del Perú”.
Pero hay que prestar atención al salto cronológico. El influjo de Laso en la
concepción cultural –o, más precisamente, etnorracial, como dice Natalia Majluf—del
indio no es inmediato. Tuvo que pasar por encima del primer indigenismo -más
filantrópico que etnográfico—para germinar como una representación cultural de
la nación y para que se incorporara en el dilema peruano la noción de diferencia:
un tratamiento del indio que vacila entre idealizarlo y mantenerlo a distancia,
o asimilarlo y disolverlo ya sea bajo la hegemonía criolla o entreverado en el
crisol del mestizaje.
Con
este indigenismo se asienta una imagen dualista de la nación en la que el sector
indio es definido mediante una “construcción cultural del concepto de raza”.
Esta construcción cultural –antecedente directo del tópico del “Perú profundo”—fija
la idea del indio como fundamento de la nación y como su cimiento cultural.
Pero, a la vez, lo define como una esencia inmutable, lo confina en la alteridad
–es decir, lo clasifica como un otro—y lo congela a la distancia. “El
indio –escribe Natalia Majluf—se transforma finalmente en un símbolo de lo
indígena o lo nativo para ser idealizado como emblema de un pueblo originario
que podía sentar las bases de una cultura nacional, auténtica y autónoma”.
Para
sustentar esta tesis, que se inserta en una nutrida discusión de la historia político-cultura
de nuestra idea de nación, La invención del indio sigue una ruta
novedosa: el examen de una indagación artística particular, es decir, la
estrategia visual mediante la cual Francisco Laso propone una idea de nación y
la minuciosa descripción de su resultado, el cuadro de 1855.
Es
una argumentación solvente, entre otras razones, porque evita el error –recurrente
en estudios sobre la sociedad desde la cultura y las artes—de extender una
postura individual a toda la sociedad sin preguntarse en qué sentido lo
individual es representativo o sin explicar el alambicado proceso por el que lo
individual refleja lo colectivo o lo moldea: por ejemplo, si el creador absorbe
símbolos prexistentes o si su creación instala un nuevo símbolo en la sociedad.
El indio de Laso no instituye por sí solo una idea de la nación ni la llega a
representar de manera inmediata ni autosuficiente. En todo caso, expresa una
tentativa o al menos un deseo que, como se ha visto, solo se materializaría con
una generación de por medio.
El
“Habitante de las Cordilleras del Perú” puede ser la representación de un
sujeto concreto, pero es también una alegoría. No es un indio sufriente o
sometido ni una figura épica ni un personaje capturado en un momento ordinario
de su vida cotidiana. Es una representación, reconocible por inequívocas
características visibles, que “libera al indio de la retórica del sometimiento”
y propone “una forma de idealización que dejaba atrás la retórica de la
degradación y la conmiseración”. Pero, a la vez, el indio de Laso es un
mensajero. La cerámica prehispánica que sostiene en sus dos manos –y que, más
que sostener, muestra al espectador—no solo expresa una revaloración del arte precolombino,
sino que también evoca “la opresión del indio”. El ceramio, que consiste en la
figura de “un prisionero atado, con las manos sujetas a la espalda y una cuerda
al cuello”, es, según dice la autora, el memento mori de una cultura,
“el final de una sociedad concreta”. Pero se podría decir algo más. El ceramio
en manos del indio también deja abierta la pregunta acerca de quién es el
heredero legítimo del pasado de la nación. Una elusiva legitimidad: el artista se
postula como coheredero de ese pasado en tanto creador de la imagen genuina del
indio, pero el indio aparece como heredero excluyente de ese pasado en tanto
poseedor del objeto precolombino. Ese objeto y su arte son suyos, no de Laso ni
mucho menos del espectador.
El
resultado sería una noción de autenticidad, y, en sentido alegórico, una
expresión de la nación como espíritu original e irreductible. Esto alude, para
bien y para mal, a cierta idea romántica de la cultura (Isaiah Berlin, como
otros, ha rastreado en estas ideas la semilla del irracionalismo totalitario
que infestó la primera mitad del siglo XX) y a la vez abre incógnitas. ¿Esta
retórica de la diferencia quiere decir que el Perú conquista su identidad entre
las naciones gracias a la autenticidad del indio? ¿O que el indio está llamado
a ser para siempre la expresión de lo diferente dentro del Perú? ¿Se trata de
una imagen de unidad y cohesión frente al exterior o de diversidad y disonancia
en el interior? La respuesta que provee el libro es esta: “que lo indígena era
el elemento singular que definía el carácter del Perú y lo distinguía en la
comunidad de naciones” (p. 138). Esto implica subsumir la ingobernable
diversidad del país en la figura del indio imaginado, que, sin embargo, para
reincidir en paradojas, existe fuera de la actualidad y parece pertenecer para
siempre a un “orden distinto” de la vida social. Su representación, como
advierte Natalia Majluf desde el comienzo, implica tratar a lo cultural como
espacio aislado dentro de la vida de una sociedad. El indio es construido como
representación cultural separada de las demandas y disputas económicas,
políticas y sociales. Para hacer del indio un símbolo había que liberarlo del
tratamiento puramente reivindicativo y paternalista del primero indigenismo,
aquel que lo veía como simple materia sufriente. Era necesario ubicar y afirmar
el espacio propio de la cultura para que el indio tuviera una identidad propia
y pudiera simbolizar a la colectividad. Como resultado, la esfera de la cultura
aparece como autónoma, pero también como inefectiva o trivial a la hora de las
decisiones sobre el funcionamiento y la administración de la sociedad y el
Estado. Se podría decir que al adquirir entidad cultural propia la idea del
indio también se despolitiza.
Dos
ironías finales. La primera está en la pintura de Francisco Laso. La vasija que
sostiene el indio sería un símbolo de su antigua opresión por el poder
colonial. ¿Lo es? Sí, en la retórica de la imagen. Pero es imposible olvidar
que se trata, como dice Natalia Majluf, de “un tipo común en la iconografía
moche”; es decir, un prisionero capturado y exhibido en el marco de las guerras
locales varios siglos antes de que llegaran los europeos. Con esto no insinúo
un error de Laso sino algo tal vez más pertinente: la dificultad de establecer
un relato histórico de la opresión (y de la correspondiente redención) cuando
esta no es rectilínea sino espiralada: dominación sobre dominación;
emancipación sobre emancipación. Y, más evidentemente aun, la idea de que toda
idea de nación exige una simplificación, un allanamiento de las diferencias,
también una mentira. Anulación del espacio, aplanamiento del tiempo: ¿no está
fundada esta sociedad en una cadena indefinida de opresiones? Pero esto ya está
sugerido en el libro: la República necesitó refundir a las diversas poblaciones
indígenas en una sola categoría, el indio, y el indigenismo dio expresión
simbólica a esa operación.
Una
segunda ironía se puede extraer de la reflexión de Natalia Majluf. Ese indio es
postulado como homogéneo, inmutable y distante: “permanece en algún lugar fuera
del alcance, como un fantasma, esquivo en su poder”. Pero resulta que ese ser inescrutable
es a la vez la única encarnación genuina del Perú. Si el indio es el otro,
entonces el Perú es el otro. O, de manera equivalente y refleja, la
minoría criolla es otro, aunque sea la dominadora. La experiencia
peruana aparece como una fatídica, ineludible alienación. Es un gesto curioso
porque implica un autoexilio. La elite que arma el discurso indigenista levanta
una fortaleza –una idea de nación--, pero la cierra por el exterior y olvida la
llave dentro. Ella queda fuera del baluarte, y eso puede tener diversas
implicancias. Puede ser un gesto de negación y rechazo a una sociedad que no se
siente ni se quiere propia, o un gesto de ausencia voluntaria, pero no
desinteresada (en sintonía con la economía rentista de cierta oligarquía
republicana), o puede ser un gesto de perplejidad y desamparo. Es posible que
haya sido todo ello a la vez, y que lo sea todavía incluso entre la
intelectualidad progresista –un deseo de control y dominio y un deseo de
integración atravesados por profundos sentimientos de extrañeza y asombro. ¿No puede
radicar ahí, después de todo, la dificultad del Estado peruano, e incluso de la
academia, para representarse a la nación, aun cuando asume la inclusión como su
horizonte?
(Publicado en Boletín de Idehpucp)
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