lunes, 11 de mayo de 2026

Tránsitos teóricos de la historia a la memoria [reseña 2007]

 


Regalado Hurtado, Liliana. Clío y Mnemósine. Estudios sobre historia, memoria y pasado reciente. Lima, Fondo Editorial PUCP – Fondo Editorial UNMSM, 2007.

Félix Reátegui Carrillo


1. Caminos paralelos de la memoria

El ascenso de la memoria como tema de investigación ha seguido al menos dos caminos paralelos. Uno de ellos, de naturaleza política y jurídica, y más cercano al ámbito estricto de los derechos humanos, ha girado sobre el reconocimiento del derecho de las víctimas de graves crímenes a que se sepa y reconozca la verdad sobre el pasado violento. Esta ruta tiene entre sus antecedentes la preocupación por rescatar la historia interna del genocidio cometido durante la segunda Guerra Mundial. En ese camino, han aparecido paulatinamente durante la segunda mitad del siglo XX diversas experiencias de búsqueda oficial de la verdad respecto de crímenes cometidos bajo dictaduras o durante conflictos armados. En América Latina, Argentina, Chile, El Salvador, Guatemala y Perú constituyen hoy en día algunas de las experiencias más conocidas en materia de restitución oficial de la memoria bajo la forma de comisiones de la verdad.

El otro camino ha cobrado, a lo largo de varias décadas, la forma de una pequeña revolución historiográfica. Los historiadores profesionales descubrieron en su momento el campo de la subjetividad, del recuerdo colectivo construido desde el margen de las instituciones, y le asignaron un valor interpretativo, metodológico y sustantivo que ha hecho más compleja nuestra noción de la escritura del pasado. El estudio de la memoria —entendida como la percepción social del pasado, ya que no su conocimiento objetivo— es hoy una estación imprescindible para una historiografía dispuesta a someter a examen su validez científica: ella ha aprendido a confrontarse con el recuerdo espontáneo o no sistemático de la gente, pero no para inclinarse ante el sentido común sino para someter a pruebas más exigentes sus propias reconstrucciones metódicas y, en última instancia, para reforzar con una novedosa legitimidad social su ya existente validez científica.

Se trata de caminos paralelos en sentido relativo. La reconstrucción de un pasado violento como forma de hacer justicia a las víctimas no se ha apoyado por lo general, al menos de manera explícita, en métodos historiográficos; a lo sumo, ha recurrido a la compulsa metódica de los testimonios para cribar aquellos menos coincidentes con la historia general que va saliendo a la luz. De otro lado, puesto que su interés central es el reconocimiento y la realización de justicia simbólica, algunas comisiones de la verdad han sido renuentes a someter la versión de las víctimas —o la acumulación de versiones— a los estándares más exigentes de la historiografía profesional. Esto no significa, desde luego, que en sus reconstrucciones de la verdad aquéllas ofrezcan datos falsos o dudosos; implica, en todo caso, que en estos esfuerzos de memoria la búsqueda de generalizaciones históricas nunca se hace a expensas de los casos individuales. Para una comisión de verdad, estos tienen, es cierto, un valor metodológico, ejemplar y demostrativo, pero son sobre todo prendas de justicia para personas específicas.

Poco a poco, sin embargo, el paralelismo se ha ido resolviendo en convergencia. A decir verdad, desde hace varias décadas la historiografía ha puesto sus instrumentos, métodos y marcos teóricos en comunicación con tareas de intención justiciera alumbrando con una luz crítica, por la vía de la exploración en las subjetividades y en el recuerdo social, ciertos procesos políticos. Son casos notables de ello los conocidos trabajos de Alessandro Portelli sobre la muerte de Luigi Trastulli[1] y de Luisa Passerini sobre fascismo y memoria en Turín.[2] Ellos, al lado de la tradición británica que desde E.P. Thompson y Raymond Williams daría lugar a los estudios culturales, tienden un puente entre historia y memoria, y entre ciencia, justicia y política, que no es fácil de cruzar y sobre el cual no abundan sustentaciones teóricas muy enérgicas. Es natural; la apuesta es riesgosa y resulta más cómodo mirar distraídamente la confluencia espontánea entre esos factores que inferir a partir de ella un itinerario, un programa o al menos un imperativo moral para la disciplina.

2. Configuraciones y convergencias

En Clío y Mnemósine. Estudios sobre historia, memoria y pasado reciente, Liliana Regalado de Hurtado asume la tarea de hacer explícito ese puente y de proponer un vínculo menos contingente, más sistemático, entre historia y memoria. Con ese fin, presenta una detallada discusión de las alternativas o encrucijadas que ha enfrentado la ciencia histórica desde el momento en que el nuevo continente —el de la subjetividad y, por medio de él, el de la inspección científica del presente— fue descubierto. Este descubrimiento, según se hace explícito en las primeras páginas, no fue realizado de manera autónoma por la historiografía; antes bien, ha sido una respuesta a los grandes cambios epistemológicos del siglo XX: cambios que llaman a recusar el positivismo rígido, aquel de las cómodas explicaciones y de las distancias claras entre sujeto y objeto, y que más adelante, de la mano de Hans-Georg Gadamer y otros, demandan inclusive una nueva concepción de la tarea interpretativa. Neohermenéutica, por un lado, y diversas formas de pensamiento posmoderno, por el otro, dan como resultado una relatividad —una desestabilización, en el argot actual— de los sentidos e incitan a la historia a procurar otras formas de seguir siendo ciencia. El dilema para la historiografía del último medio siglo pareció ser, así, o cerrarse a la memoria y la subjetividad al precio de quedar desfasada antes las nuevas concepciones de ciencia en el mundo de las humanidades, o acoger esa explosión de memoria y tomarla como materia de una historiografía más incluyente, pero al costo de ver desdibujarse su identidad académica. La exposición que hace Liliana Regalado deja en claro que ese fue en realidad, y por fortuna, un falso dilema.

En efecto, si la historiografía se ha sumado a la tendencia hacia la recuperación de la subjetividad, ello no ha implicado abandonar sus pretensiones de objetividad: después de todo, la memoria, con su inevitable anclaje en un punto de vista parcial, puede ser tomada en principio como un objeto de estudio en sí mismo antes que como matriz de una nueva forma de hacer ciencia. Ese objeto, sometido a todas las pruebas y estándares de validez de la historiografía, está conformado por las percepciones que poseen una población o una comunidad sobre los hechos pasados. En forma más desarrollada, esto se expresa como una investigación sobre los procesos sociales de construcción del recuerdo y de la memoria colectiva. El nuevo campo se presenta como un estudio de la construcción de la memoria, y su particular relevancia —la forma en que enriquece a la disciplina— reside en abrir una vía divergente y complementaria a la investigación de los hechos del pasado. Si antes se trataba estrictamente de determinar esos hechos y hacer inteligible un proceso, ahora la historia realiza un «análisis de su posteridad entendida como su supervivencia activa y pasiva en el imaginario social y, por consiguiente, en las prácticas sociales de las siguientes generaciones» (p. 25)

Ahora bien, tratar a la memoria o al proceso por el que ella se construye como un objeto de estudio es, desde cierto punto de vista, la forma menos problemática de asumirla. Es un modo que no afecta al estatuto del conocimiento en historia ni a las metodologías por las que se establece lo que es verdad. Más desafiante es ver en la memoria un dispositivo metodológico o la materia misma de la reconstrucción del pasado, una tendencia que fue puesta con énfasis desde la década de 1980 mediante la estrategia metodológica de la historia oral (p. 21). Dado este paso, es decir, una vez que la memoria es integrada como materia de la escritura histórica, la disciplina tiene que someterla a la crítica de fuentes que ha sido tradicionalmente la suma y cifra de su identidad académica. Aquí es donde el diálogo entre historiografía, psicología, filosofía, ciencia social y política se hace indispensable. Si, por un lado, hay que esclarecer la fenomenología del recordar individual y colectivo —un itinerario teórico que lleva de Piaget a Ricoeur pasando por Halbawchs), por otro lado se precisa también una cierta «economía política del recuerdo» que exponga a la luz las relaciones de poder y los juegos de interés que condicionan la memoria y su expresión social,[3] una materia menos explorada en el texto. No obstante, un adecuado punto de partida para este problema puede ser planteado así: «se puede concebir la construcción de la memoria como un juego dialéctico en el que se van oponiendo, por una parte, sistemas ideológicos, y, por la otra, complejos coyunturales y dinámicas sociales de manera tal que las estructuras ideológicas frenan la asimilación casuística y anárquica de lo cotidiano, pero a la vez la incidencia de lo coyuntural proporciona dinámica a las estructuras» (p. 61) Las parejas de términos que componen el problema a lo largo del texto —memoria individual y memoria colectiva; memoria natural y memoria heredada; recuerdo directo y recuerdo socialmente inducido o delimitado— se conjugan en un proceso móvil en el que resuena, precisamente, la concepción de Gadamer sobre la tradición como realidad dinámica, cambiante por el obra del tiempo y de la confluencia de circunstancias y antagonismos sociales, y que reclama del intérprete, en todo caso, una hermenéutica de la sospecha.

3. Historia, memoria y poder

Un problema de especial interés es el de las fronteras e intersecciones entre historia y memoria. Esta cuestión no sólo tiene aristas metodológicas; en última instancia, ella se plantea en el campo de la legitimidad social o el uso social del conocimiento histórico. Liliana Regalado recuerda que «tradicionalmente se ha considerado que son funciones de la historia la búsqueda de la verdad, lo mismo que ser guardiana de las memorias oficial y colectiva» para advertir, a renglón seguido, que el acercamiento de la historia a la memoria y la subjetividad ha puesto en cuestión estas premisas (p. 59-60). Así, en una era más desconfiada del poder de las instituciones, los nexos de la historia con la memoria no solamente refrescan su estatus científico sino que  también oxigenan su identidad social. La pregunta, sin embargo, permanece: ¿puede la historiografía, en su comercio con la memoria, la subjetividad y la gente sin historia, divorciarse de su papel legitimador de instituciones?

En el campo de la sociología y de la antropología política, se ha señalado con énfasis en las décadas recientes el papel institucionalizador de la historia en cuanto ella produce imágenes y formas hegemónicas del recuerdo que a la postre sirven a la legitimación de un poder. A la formulación ya clásica de Benedict Anderson sobre la constitución de las comunidades nacionales[4] se han sumado posteriormente reflexiones poderosas sobre historia y Estado como las de Philip Corrigan y Derek Sayer sobre la constitución del Estado inglés.[5] Ellas señalan la función política que cumple la producción institucional de versiones del pasado: creación de comunidades imaginadas, reducción de la complejidad de las subjetividades sociales que posibilita una dominación estatal basada en hegemonías culturales, cierta simplificación de los imaginarios sociales que hagan posible la legitimidad política.[6] Al dirigirse a la estructura profunda de la disciplina, las observaciones de este género resultan más desafiantes que aquellas que solían señalar las tomas de partido específicas de un historiador como, para citar un caso notable, la exposición del programa liberal de T.B. Macaulay realizada por Hugh Trevor-Roper.[7]

Desde una mirada heredera de Foucault, para quien la regimentación de las subjetividades es constructora de poder, toda historia sería legitimadora de un poder y en última instancia, también, producida por tal poder. En el lenguaje de Pierre Bourdieu, la historia aparece, como la ideología y muchos otros dispositivos del poder simbólico, una «estructura estructurante» del pasado y de las relaciones sociales que se construyen en relación inevitable con dicho pasado.[8] Así, no cabe ignorar que, antes de la aproximación liberadora de la historia a la memoria, existe una relación de signo contrario que podría ser descrita como la regulación del recuerdo por versiones «autorizadas» del pasado. Liliana Regalado no lo desconoce cuando señala que  «[…] la producción historiográfica (en tanto alcance divulgación) interviene mucho en la construcción de las memorias colectivas, situación reconocida cuando se menciona la intervención de los historiadores en la llamada memoria colectiva oficial, que yo preferiría llamar institucionalizada» (p. 70). Este reconocimiento es crucial como antesala de una discusión detallada de los encuentros más constructivos entre historia y memoria.

El reconocimiento de memorias sociales no instituidas, amorfas y parciales, y su puesta en valor por métodos historiográficos, presta una nueva legitimidad social a la disciplina pero, como se ha dicho ya, no deja de plantearle dilemas importantes. La memoria y su agente directo, que es el testimonio, no pueden ser tratados, sin pérdida de la identidad académica, como otra cosa que un material sometido a las mismas pruebas de coherencia y verosimilitud que las fuentes históricas tradicionales. La historia está siempre destinada a corregir el registro dejado por el recuerdo espontáneo. Otra opción es que, resignándose a hacer de la memoria su objeto y no su materia, ella emplee su instrumental para dejar constancia de las distintas formas de recordar un hecho o proceso, memorias plurales que, acordes o no con una verdad objetiva, poseerían una validez social merecedora de reconocimiento. Una historiografía de la memoria así comprendida se aproxima más a lo que hace una comisión de la verdad en su intento permanente de rendir servicios a los hechos y al reconocimiento social de la gente que brinda su testimonio.

Para seguir por este camino, que caracterizo aquí de manera figurada como una resignación, conviene dotarse de parámetros teóricos manifiestos. La búsqueda de la verdad social sobre el pasado puede y debe apelar también a un estatus académico definido. Liliana Regalado menciona, entre distintas opciones interesantes, la postura de Slavoj Žižek relativa a la «visión de paralaje». Las memorias sociales corrigen nuestras pretensiones de objetividad, pero estas a su vez ajustan el campo de lo que es posible postular como memoria: hay un radio de variación aceptable que puede ser fijado por la objetividad historiográfica clásica; dentro de ese radio, esta abre sus puertas a una hermenéutica renovada. Esta idea, así como la de la «memoria encuadrada» que la autora recoge de Henri Rousso, dialoga ya con cierta comodidad con la conocida apreciación sobre las comisiones de verdad debida al ensayista británico Michael Ignatieff: si estas no pueden encontrar exactamente la verdad sobre un periodo de violencia atroz, al menos reducen el margen de falsedades socialmente admisibles.

4. El presente y sus deberes

Clío y Mnemósine procura hacer explícitos los fundamentos de una práctica académica ya reconocida como es la historia del presente. Entre los materiales de esa historia no pueden dejar de estar las producciones de memorias. Sin embargo, no es fácil determinar cuál es la naturaleza, la posición o el estatus informativo y metodológico de esas memorias. La historia del presente obliga a considerar qué entendemos por memoria no en busca de una definición esencial sino para comprender qué clase de objeto social ha aterrizado en las últimas décadas en nuestra discusión pública sobre el pasado. El texto nos permite pensar en una serie de posibilidades que por lo demás no son mutuamente excluyentes: elaboraciones no institucionalizadas del pasado; una práctica social; un recurso simbólico de los excluidos, subordinados o subalternos. Una cuestión distinta es el uso o la función social de la memoria, problema que remite a sus conexiones con la subjetividad y con la constitución de identidades. Historia y memoria aportan sentidos a nuestra experiencia de la sucesión temporal. Pero, mientras la memoria aspira a construir hipótesis de continuidad objetiva, la memoria nos entrega una ilación del tiempo pasado de carácter narrativo: es una historia sobre el yo. La memoria no es un discurso sino un acto de construcción de uno mismo y por tanto las conexiones entre memoria e identidad son irrompibles. Y, sin embargo, la memoria social no es garantía de «conciencia histórica» (p. 58); por ello, la ciencia histórica, con su naturaleza sistemática, reaparece como un necesario complemento. En el plano de la memoria de la violencia, Daniel Pécaut ha señalado los límites del recuerdo social y su necesaria conversación con una construcción sistemática de la historia. Hablando de la memoria mítica que surge entre las poblaciones que han sido hechas víctimas, dice Pécaut que se trata de una memoria que no atiende a diferencias cronológicas, que no discrimina entre lo inmediato y los hechos que dieron origen a la violencia, y en la que «los acontecimientos específicos que podrían servir de referencias temporales sólo ocupan un lugar reducido, incluso cuando parecen estar reproduciendo en su momento una modificación importante en el curso de las cosas».[9]  Desde esta óptica, la «memoria encuadrada» que detecta Liliana Regalado a través de Rousso no es una delimitación empobrecedora del recuerdo social sino un ámbito enriquecedor del mismo. El paso de memoria social —individual o colectiva— a memoria histórica —sistemática y con un discurso de historicidad explícito— resulta ser, en última instancia, también, la condición de la eficacia política del recuerdo y ello se manifiesta en las propuestas de reforma institucional que hacen las comisiones de la verdad a manera de garantías de no repetición de la violencia. Solamente desde una reconstrucción sistemática del pasado que haga manifiestas las conexiones entre actos, instituciones y culturas en la sucesión temporal, se puede llegar al plano de la política pública sin anular la necesaria reivindicación de las historias particulares.

Por último, el deber de historiar el presente, y los vínculos de esa intención con la búsqueda de justicia (p. 187), resulta afirmado sin abandonarse a una aceptación acrítica —moralmente valiosa, pero académicamente pobre— de las memorias particulares. Liliana Regalado acude oportunamente a Eric Hobsbawm para recordar que  «(…) de lo que se trata es de no ser solamente pasivos custodios de memorias ajenas, sino activos constructores de conocimiento o interpretación del pasado; ello inclusive contribuyendo a que quienes por experiencia directa o cercana tienen memoria de los hechos elaboren un recuerdo más profundo y amplio de las cosas y que aquellos que son receptores de cualquier tipo de memoria puedan también tener un mejor conocimiento, aunque sepamos que todo eso tendrá, científicamente, un carácter provisional» (p. 185). Este es un reclamo de justicia desde el conocimiento. Podría sorprender que este esfuerzo teórico tan vinculado al presente haya sido realizado por una historiadora cuyos trabajos han estado centrados mayormente en ese complejo momento en que el Tahuantisuyo dejaba de ser y una sociedad distinta empezaba a aparecer. Pero no hay lugar a la sorpresa. Después de todo, también hoy el Perú vive una circunstancia histórica de crisis, menos tremebunda tal vez, pero no menos crucial —¿es posible construir una democracia en este territorio?—, y su definición dependerá, entre otras fuerzas, de la existencia y la práctica de una ética del saber.


[1] PORTELLI, Alessandro. «Historia y memoria: la muerte de Luigi Trastulli». Historia y Fuente Oral, n° 2, 1989, Barcelona. páginas 5-33.

[2] PASSERINI, Luisa. Fascism in Popular Memory. The Cultural Experience of the Turing Working Class. (1984). Cambridge, Cambridge University Press, 1987.

[3] Estas relaciones de poder y constelaciones de interés no se tienden necesariamente entre sujetos claramente antagónicos como, en una clasificación fácil, indicaría la distinción entre «memorias de víctimas» y «memorias de perpetradores». Véase una interesante discusión de este problema en relación con el caso peruano en el artículo de Kimberly Theidon publicado en este número de Memoria.

[4] ANDERSON, Benedict. Comunidades imaginadas: reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo. México, FCE, 1983.

[5] CORRIGAN, Philip y Derek SAYER. The Great Arch. English State Formation as Cultural Revolution. Nueva York, Basil Blackwell, 1985.

[6] Un acercamiento indirecto a estos aspectos específicos del problema de pluralidad cultural y régimen político puede encontrarse en el estudio clásico de LIJPHART, Arend. Democracia en las sociedades plurales. Una investigación comparativa. (1977). México, Prisma, 1988.

[7] MACAULAY, Thomas B. The History of England. (1848-1861) London, Penguin Classics, 1986. Véase en particular la introducción de Hugh Trevor-Roper, quien fue además el editor de esta versión abreviada.

[8] BOURDIEU, Pierre. (1973) «Sobre el poder simbólico». En Poder, derecho y clases sociales. Bilbao, Desclée de Bouwer, 2000.

[9] Pécaut, Daniel. Violencia y política en Colombia. Elementos de reflexión. Medellín, Hombre Nuevo editores, 2003. p. 132-133.


(Publicado en Revista Memoria # 1, 2007)

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