Miedo, memoria y autoritarismo en el Perú de hoy
Félix Reátegui Carrillo
Se suele decir que en el Perú
prevalece una falta de memoria del periodo de violencia armada y terrorismo
vivido hace décadas. Eso es un error o, en el mejor de los casos, un acierto a
medias. En realidad, la memoria sobre la violencia tiene una presencia
permanente y, en ciertos momentos, muy gravitante sobre nuestros asuntos
públicos. Pero se trata de un tipo particular de memoria que afirma y fortalece
los reflejos autoritarios de nuestra cultura política. Esa memoria gira
alrededor de una idea alojada hondamente en la conciencia pública: la amenaza del terrorismo. La
efectividad de esa memoria para moldear nuestra vida política se hace evidente
en ciertos momentos particulares. En los últimos meses ello se ha hecho muy
visible a raíz de la liberación de algunas militantes o dirigentes de Sendero
Luminoso tras haberse cumplido la condena que recibieron. Esas liberaciones
fueron recibidas con una mezcla compleja de reacciones entre las que sobresalen
tres: la idea de que los terroristas liberados retomarán de inmediato la acción
armada; el convencimiento de que los sentenciados por crímenes asociados con el
terrorismo nunca deberían salir de la cárcel independientemente de la sentencia
que les haya impuesto el Poder Judicial; la
noción de que la democracia, maniatada por leyes e instituciones, es un
régimen político timorato a la hora de defenderse contra sus enemigos más
encarnizados. De esta última idea, que cabalga sobre las dos anteriores, emerge
la paradójica convicción de que para salvar a la democracia se necesita la
imposición autoritaria y el ejercicio arbitrario del poder.
Conviene, pues, reflexionar sobre el
lugar que la memoria está teniendo en esta aparente incapacidad de la sociedad
peruana para asentar una cultura política de signo democrático después de las
décadas de violencia y autoritarismo y tras una transición ocurrida hace ya
dieciséis años.
¿Qué memoria?
Es importante comprender que, salvo
en casos muy particulares, nunca se produce un vacío de memoria, menos aún
sobre hechos y procesos tan atroces como los que se desarrollaron entre los
años 1980 y 2000. Siempre existe una memoria o, más exactamente, varias
memorias. Y siempre, también, una de ellas prevalece, mientras que otras son
arrinconadas o silenciadas. No es fácil explicar cómo es que una forma particular
de presentar el pasado alcanza supremacía. A veces, ello sucede de manera
espontánea; en otras ocasiones, esa imagen del pasado es diseñada y propagada
deliberadamente por algún sector político o social. En otros casos, una cierta
memoria emerge automáticamente, sin deliberación, pero es aprovechada y
ampliada por algún grupo cuyos intereses resultan favorecidos por ella.
Cuando en el Perú los sectores
comprometidos con los derechos humanos y la democracia hablan de una falta de
memoria se refieren, en realidad, a una forma particular de recuerdo compuesta de
contenidos cívicos, humanitarios y de orientación crítica sobre el contexto que
hizo posible tanta violencia y tanta impunidad. Se trata, por decirlo
resumidamente, del tipo de memoria que podría haber surgido de la verdad
expuesta por la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Pero no se reduce a
eso. Esa memoria es, también, la de las víctimas y, por lo tanto, la de la
búsqueda de justicia. Y es, así mismo, una memoria que señala el abuso, el
crimen y a los perpetradores sin disimulo y que reclama justicia.
En lugar de ella no hay un vacío sino
otra memoria, una que en algunos textos académicos se suele denominar “memoria
de salvación”: una representación en la que predomina la historia de cómo con
“mano dura” se pudo derrotar al terrorismo, mientras que la democracia, con sus
procedimientos y legalismos, se revelaba incapaz de defenderse. Se trata de una
representación del pasado que tiene, a su manera, una turbadora coherencia
antidemocrática: se exalta el autoritarismo, se preconiza el desprecio a la
ley, se estigmatiza a los defensores de la legalidad como agentes de un cierto
derrotismo y de la claudicación ante el terrorismo, se presenta a la búsqueda
de justicia sobre crímenes de las fuerzas armadas como una forma subrepticia de
favorecer a Sendero Luminoso y, finalmente, se reduce el recuerdo de ese pasado
atroz a los crímenes de esta organización. Esa memoria, por otro lado, tiene la
peculiaridad de poner todo el acento en los crímenes de SL, pero de ignorar a
sus víctimas. Es decir, es una memoria que habla de un pasado de horror, pero
que no reserva ningún lugar ni promueve ninguna acción en favor de quienes
padecieron ese horror. Las víctimas –no solo las del Estado, sino incluso las
de Sendero Luminoso—existen en esa memoria como un nombre genérico, no como
personas con derechos que fueron violados. Es una memoria que se limita a
hablar del terrorismo, pero que no se interesa en saber más sobre quiénes
sufrieron ese terrorismo.
Se puede ofrecer un ejemplo claro de
la trivialidad de esa memoria. La CVR señaló que el único caso en que pudo
haberse configurado el delito de genocidio –el más grave de los crímenes
internacionales—fue el del cautiverio de la población ashaninka por Sendero
Luminoso y recomendó que se profundizara investigaciones en ese sentido. Pues,
bien, desde entonces se han sucedido cuatro gobiernos, incluyendo al actual. Todos
ellos han invocado la amenaza terrorista cuando se ha producido alguna protesta
social de grandes proporciones, y ninguno de ellos, sin embargo, ha dado ni un
paso para intentar demostrar el carácter genocida de Sendero Luminoso.
Una memoria para el miedo
Se puede buscar diferentes razones
para esa incoherencia. Una de ellas será, seguramente, la poca importancia que
esas víctimas en particular tienen para las elites peruanas, lo cual refuerza
lo dicho anteriormente: es la memoria de un horror, pero sin lugar para las
víctimas. Pero otra razón será que esa memoria genérica, mecánica, plana, que
reduce la violencia a la criminalidad atroz de Sendero Luminoso –y el hecho de
que SL haya sido, en efecto, una organización atrozmente criminal es,
ciertamente, una ventaja-- resulta suficiente para los fines que está llamada a
cumplir: generar y justificar el autoritarismo, desacreditar cualquier forma
colectiva de protesta calificándola de terrorista, y prolongar en la conciencia
pública una cierta sensación de “estado de excepción”, según la cual el país
necesita democracia, pero no tanta.
Tenemos, pues, no una memoria para la
búsqueda de justicia, la crítica de nuestro orden cultural (por ejemplo, del
racismo) y la reforma de nuestras instituciones, sino una memoria para la
reproducción del miedo. Y ese mecanismo de reproducción del miedo, que los
poderes político y económico y los medios de comunicación mantienen bien
aceitado, mueve sus engranajes con particular energía en dos tipos de
situación: cuando algo o alguien pretende impugnar el orden conservador que
desde hace años viene desactivando los pocos cambios democratizantes realizados
durante la transición, o cuando se producen eventos como la liberación de
presos por terrorismo, es decir, eventos que por su naturaleza polémica sirvan
para reforzar el sentido común sobre el cual reposa esa memoria.
El resultado de todo eso es,
naturalmente, gravoso para nuestra democracia. Ella está siempre en tela de
juicio. Prevalece una cultura política que, por decirlo de algún modo, no
termina de internalizar la idea de la democracia –y por tanto de la ley, del
derecho, de la institucionalidad. La cultura democrática habita precariamente
en la conciencia de las autoridades y de los políticos y está bajo permanente
amenaza de derribo en el sentido común de las mayorías. Y ese es,
paradójicamente, un enorme obsequio que Sendero Luminoso, con su prédica
antihumana, su proceder criminal y su monolítica negativa al arrepentimiento, le han hecho al
autoritarismo conservador peruano.
(Publicado en Boletín de IDEHPUCP 2017)
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