Vargas Llosa, Mario. La llamada de la tribu. 1ª ed. Lima: Alfaguara, 2018. ISBN 978-612-4349-33-1
Félix Reátegui Carrillo.
Hacía falta en la bibliografía de Vargas Llosa un libro en el que expusiera integralmente su visión liberal de nuestro tiempo con la pasión y la integridad con que documentó hace décadas su abandono del universo mental socialista. El que acaba de aparecer –La llamada de la tribu—es ese libro, y al mismo tiempo no lo es. Anunciado como una suerte de memoria intelectual, el libro es una galería de retratos de siete pensadores –Smith, Ortega y Gasset, Hayek, Popper, Aron, Berlin y Revel—a los que Vargas Llosa considera sus maestros de liberalismo. Pero, en realidad, esos retratos no se entrecruzan con los procesos creativos del autor; más bien, devienen piezas admirativas y abocadas a la difusión antes que a la confrontación del ideario liberal con los problemas de nuestro tiempo. Se trata, pues, de una instancia más de la misión de promover el liberalismo asumida por Vargas Llosa desde hace tres décadas: una tarea emprendida de manera frontal, con fervor polémico y monotemático, con valentía y con tozudez, y, también, con resultados benéficos para la cultura política del Perú y de América Latina. No es, por eso mismo, el libro del inconforme que Vargas Llosa ha querido ser durante toda su carrera literaria, sino el de un doctrinario instalado cómodamente en un salón ideológico que alguna vez fue un centro revulsivo, pero que hoy luce detenido en otro tiempo –el de la Guerra Fría, el de la impugnación del totalitarismo comunista muerto hace décadas, el de un mundo binario que no existe ya.
Ninguna
valoración de La llamada de la tribu debería
ignorar el decisivo papel que Vargas Llosa ha jugado en el debate ideológico
latinoamericano del último medio siglo. Si situáramos conceptualmente su viraje
ideológico en el año 1975 –el año de su espléndido ensayo sobre “Camus y la
moral de los límites”—podríamos
hablar de cuatro décadas de polémica razonada contra sí mismo, en un primer
momento, y, en adelante, contra las diversas formas del pensamiento de
izquierda en la región. En un mundo intelectual donde las mudanzas ideológicas
se suelen hacer de manera furtiva o inopinada, el empeño de Vargas Llosa en registrar
paso a paso su mutación de socialista en liberal ha sido una lección provechosa
tanto para quienes abominan de ese cambio como para los que lo aprecian. La
discusión áspera con Vargas Llosa o la asimilación de los autores e ideas que
traía al debate le ha dado forma –una de sus formas—al debate público
latinoamericano y, ¿cómo ignorarlo?, también ha contribuido a transformar
nuestra realidad política.
Sin
embargo, por esa misma razón, la presentación del pensamiento de Berlin, Popper
o Aron no podía tener mucho de novedosa en sí misma. Eso no es necesariamente un
defecto siempre y cuando estemos ante un esfuerzo de divulgación. Pero, ¿es eso
lo que se propone ser La llamada de la
tribu? Se trata de una recensión ordenada de los escritos más
significativos de cada autor. Y si se toma los distintos capítulos como una
unidad, pasando por alto las inevitables diferencias entre los autores, es
también una propuesta de una narrativa
liberal. Esa narrativa incluye un relato ejemplar de su combate épico
contra totalitarismos y colectivismos, y una nómina de ideas que conforman, por
así decirlo, el grado cero del
liberalismo al uso: la primacía del individuo como unidad social, moral y
económica de la vida humana; el necesario triunfo de la razón sobre atavismos,
prejuicios y tradiciones; el rechazo de toda forma de tutela, y en especial de
aquellas que, como la del Estado, se presentan como heraldos del bien común; la
noción de que, antes que benevolente, el ser humano debe ser libre para
perseguir sus intereses, pues, como enseñó Adam Smith, los egoísmos privados
engendran la virtud pública; la deducción inapelable de que toda búsqueda
planificada del bienestar colectivo profundizará los problemas que se quiere
remediar, erosionará las libertades y abrirá paso al totalitarismo; la
comprensión de que la historia humana no sigue ningún guion providencial ni
racional y que quien se proclame conocedor de tal guion será un agente de la
irracionalidad y del sufrimiento; y la
afirmación de que, pese a su fe monolítica y militante en todo lo anterior, el
liberalismo no constituye una ideología, sino, apenas, una cristalina
dimanación del sentido común, y que es lo más ajeno al dogmatismo que ha
producido la mente humana.
Hay
que decir que se trata de un conjunto de axiomas que han mostrado su validez en
muchos momentos de la historia contemporánea y que, asumidos con prudencia, han
permitido multiplicar la riqueza y el bienestar en una porción apreciable del
globo y han rescatado a millones de vidas de las inhumanas burocracias
comunistas del Viejo Mundo y de los chapuceros populismos latinoamericanos.
Cualquiera sea la reserva que nos merezcan el materialismo economicista de un
Hayek o el reduccionismo lógico de un Popper, no cabe ignorar que el
liberalismo ha sido, y debe seguir siendo, una fuerza bienhechora en el mundo actual.
Pero también hay que reconocer que esa vulgata
liberal tiene agujeros e inconsistencias y, sobre todo, que, si el
liberalismo del siglo XXI es lo que Vargas Llosa expone en La llamada de la tribu, entonces el liberalismo necesita un urgente
aggiornamento para seguir siendo la
voz imprescindible que ha sido desde el siglo XVIII.
Se
podría decir que el liberalismo de nuestro tiempo nace como un anticomunismo y
como un antifascismo. Desde esa óptica, Hayek, Aron, Popper y Berlin, tal como
son presentados por Vargas Llosa, son los legítimos fundadores. Ellos, y también
las decenas de disidentes que terminarían integrando la intelectualidad
socialdemócrata, pueden simbolizar la fuerza intelectual que a fines del siglo
XX terminó por deslegitimar al comunismo soviético después de haber vencido,
décadas atrás, al imaginario fascista. Pero, en ese caso, toda presentación del
liberalismo como el cuerpo de ideas producido por esos autores tendría que
tomar la medida de sus insuficiencias e inconsistencias, así como la de sus
aciertos.
Una
de aquellas, muy recurrente en los escritos liberales de Vargas Llosa, es la
identificación de individualismo y liberalismo. Ya Ortega y Gasset debería
servir de antídoto contra esa confusión. Después de todo, un libro como La rebelión de las masas no hace otra
cosa que señalar en ese individuo solo y gregario al mismo tiempo, producido
por el industrialismo y por la democracia de masas, al germen de una cultura
antiliberal y ajena a los ideales de la Ilustración. Fue
entre esas masas de átomos que el fascismo cosechó su clientela, lo cual
debería llevar a preguntarse en qué situaciones históricas las masas de
individuos dan lugar a una ciudadanía y a considerar todas esas circunstancias
en las que eso no ha ocurrido.
Otra
cuestión es el papel ambivalente que la racionalidad ocupa en el imaginario
liberal. Hay que recordar que en los inicios de la imaginación liberal se
encuentra el criticismo, es decir, la
indagación sobre los alcances y límites de la razón. Esto es cierto para la
tradición anglosajona al igual que para la tradición europea continental. John
Locke y David Hume, sin los cuales Adam Smith es inconcebible, inician su
camino filosófico explorando las potencias de la razón o del entendimiento humano. En Europa continental
es inverosímil pensar en el liberalismo sin Kant y es imposible evocar a Kant
sin su llamado a “una estimación racional del propio valer de cada hombre y de
su vocación a pensar por sí mismo”. Y ambas tradiciones, como lo sabemos por Isaiah Berlin, confluyen en una
misma convicción: que, siempre que ejerzan su razón, los seres humanos son
dueños de su destino, es decir, son sujetos libres para imaginar el futuro y
son sujetos capaces de convertir su imaginación en realidad.
Ahora
bien, el racionalismo es una potencia ambivalente, pues puede adquirir la forma
de un escepticismo corrosivo o la de una mentalidad ingenieril. Cuando, según
Vargas Llosa, Popper afirma la primacía de la razón como la mejor barrera
contra la barbarie y cuando Hayek denuncia la aplicación de la razón a la
organización de la vida social como una “arrogancia fatídica” que solo puede
llevar a una hecatombe, ¿están hablando de lo mismo? ¿el liberalismo aplicado a
la existencia humana en sociedad es un racionalismo o es un irracionalismo?
¿cuál de los dos, Hayek o Popper, está situado en la historia y cuál trata a la
razón como una potencia metafísica o como una figuración lógica? Si el gran
hallazgo de Hayek es que todo intento de planificación racional conduce al
totalitarismo, ¿dónde están los totalitarismos británico, escandinavo o francés
teóricamente propiciados por el dirigismo económico keynesiano? ¿O es que su
hallazgo no pasa de ser una deducción formal, un deliquio racionalista
equiparable a las catedrales lógicas construidas por un Louis Althusser o un
Nikos Poulantzas desde el campo marxista?
Conviene
repetirlo: el liberalismo ha sido una fuerza bienhechora a lo largo de toda la Modernidad,
pero lo ha sido porque siempre estuvo históricamente situado. Amaneció
combatiendo el absolutismo monárquico en el siglo XVI, maduró y casi se suicidó
tratando de humanizar a las revoluciones del siglo XIX, y resucitó en el siglo
XX para enterrar al fascismo y para barrer los escombros del comunismo. Pero
han pasado casi tres décadas desde entonces, y, salvo excentricidades como el
“socialismo del siglo XXI” de cuño chavista, el comunismo no existe como un
reto verdadero para el pensamiento liberal. Y es por eso que, más allá de su
claridad y su economía expositiva, La
llamada de la tribu tiene un aire extemporáneo:
porque en lugar de mostrarnos los nuevos retos y las nuevas posibilidades del
liberalismo como fuerza civilizadora, insiste en aporrear a un enemigo vencido
y enterrado hace décadas.
Son
otras las preguntas y otras las amenazas de las que el liberalismo debería
ocuparse hoy. ¿Qué nos puede decir el liberalismo de Berlin, Hayek, Popper o
Aron sobre el mundo pluricultural que hemos terminado por aceptar? ¿Qué tienen
que decir sobre las nuevas comprensiones de la ciudadanía germinadas por la
propagación de la democracia a otros mundos culturales? ¿Qué cabe pensar sobre
la benevolencia que las más potentes democracias liberales obsequian a la rígida
dictadura de mercado instaurada en China? ¿cómo conciliar el pensamiento de los
proverbiales hombres heterosexuales
blancos europeos y muertos del canon vargasllosiano con las nuevas
identidades étnicas y de género? ¿qué tiene el liberalismo que decir ante el
proteccionismo ambientalista, tan racionalista, por su parte, como lo es la fe
en los equilibrios del mercado?
Esas
son preguntas relevantes para un liberalismo del siglo XXI, y no es descartable
que en el pensamiento de Berlin o de Revel o de Aron se encuentre respuestas a
eso, del mismo modo en que, después de todo, el marxismo de Marx ayudó a pensar
el capitalismo post industrial del siglo XX. Pero para ello es necesario
sacarlos del contexto de la Guerra Fría en que crearon sus obras. Y ello
incluye, por cierto, reconocer a los nuevos enemigos reales del pensamiento
liberal.
El
pensamiento socialista ha dejado de ser ese enemigo principal en el siglo XXI,
en parte porque se halla exhausto, pero principalmente porque, después de todo,
el socialismo es también un hijo de la Ilustración. Y, por ello, en diversas
sociedades el liberalismo y el pensamiento de izquierda son, o deberían ser,
aliados antes que enemigos en la oposición a un mismo rival: las tendencias
reaccionarias que se propagan desde hace una década.
El
liberalismo tiene hoy la obligación de dar respuestas contundentes, persuasivas
a las diversas fuerzas contrailustradas emergentes en este siglo: el
fundamentalismo religioso cristiano y no cristiano que se ha asentado en el
centro de las democracias liberales, el populismo antintelectual del cual es
emblema Donald Trump, el fascismo oportunista de Vladimir Putin y su pequeña
clientela europea rampante en Francia, en Austria y en la Europa central. Todas
esas son fuerzas convergentes en un mismo centro antiliberal, sobre el cual La llamada de la tribu dice muy poco. El
enemigo más potente del liberalismo, hoy, no está a la izquierda sino a la
derecha.
Pero
quizá la miopía del liberalismo actual a la hora de mirar a sus nuevos rivales
sea expresión de una falta de tensión intelectual, de pérdida de capacidad
crítica. Y, si se juzga por esta colección de ensayos de Vargas Llosa, se
podría decir que en ningún lugar se observa esa pérdida tan claramente como en
la relación del liberalismo consigo mismo, con lo que el liberalismo cree que
es, además de un discurso político y económico.
En
un pasaje famoso de Esperando a Godot,
la conocida pieza de teatro del absurdo de Samuel Beckett, Vladimir y Estragón
declaran mutuamente su felicidad y terminan preguntándose: “Y ahora que estamos
felices, ¿qué hacemos?”. La profunda tristeza de esa felicidad tendría que
sugerir, también, al menos como sospecha, al menos como un atisbo de mala
conciencia, las hipotéticas servidumbres de la libertad. “Y ahora que somos
libres, ¿qué hacemos?” es la pregunta que se han hecho diversos pensadores de
la órbita liberal cuando se han permitido ir más allá del catecismo. Fue la
pregunta que se hizo, por ejemplo, Max Weber –de quien Vargas Llosa tomó una
frase como epígrafe de El pez en el agua,
en 1993— después de describir la épica de la modernidad. Cuando la racionalidad
sin frenos y el pensamiento secular abatieron toda forma de tutela tradicional,
decía Weber, el ser humano devino libre, pero solo para encontrarse con este
nuevo problema: ¿qué hacer con esa libertad?
¿Es
la libertad un medio o un fin? ¿existe algún contenido sustancial de la vida
humana que deba ser realizado por medio de la libertad o es que la libertad
puede resolverse en capricho egotista, en narcisismo infantil y seguir siendo
libertad? ¿cuáles son los nexos entre el concepto formal de libertad y, por
ejemplo, el ejercicio de la maldad o de la autodegradación o de la simple
frivolidad? ¿por qué no es admisible, o por qué sí lo es, renunciar libremente
a la libertad? ¿qué relación hay entre el ejercicio sin frenos de la libertad y
la civilización del espectáculo que
tanto irrita a Vargas Llosa? ¿es la frivolidad en las artes y las letras (y en
la política y en las pequeñas vidas cotidianas) un resultado accidental y
eludible de la civilización liberal o es su inevitable excrecencia del mismo
modo en que, para un liberal a lo Hayek, el gulag
soviético es el subproducto fatídico de cualquier iniciativa colectivista?
Fuera
de las distinciones de Isaiah Berlin entre libertad positiva y negativa o de
los reflejos elitistas de un Ortega y Gasset inquieto por la insurgencia del
vulgo emancipado, no hay nada entre los autores reseñados que indique una
reflexión matizada sobre el sentido de la libertad: ausencia de restricciones,
atajo al Estado, rechazo de la cultura comunitaria, comercio sin barreras,
garantías a la soberanía del individuo, parecen ser todo lo que necesitamos. Y
en esa versión del liberalismo se omiten cuestiones filosóficas e históricas
básicas. Una de ellas es el simple hecho de que, como ya se ha dicho, no es lo
mismo individuo que ciudadano, como lo supieron con provecho los fascismos que
encontraron su mejor fermento en las muchedumbres
solitarias (el término es de David Riessman) a
inicios del siglo XX. Otra es que, en rigor, ninguna noción de libertad puede cobrar
realidad práctica sin procurar un equilibrio positivo con la necesaria
existencia de una comunidad, pues solo se es libre en relación con un mundo de
restricciones.
Estas
cuestiones –la sospecha de las dificultades de la libertad, la visión de la libertad
como complemento obligado y necesario de una conciencia imperfecta— exceden los límites de la política y de la
economía. Preguntarse sobre ellas es quehacer de la filosofía, del arte, de las
actividades especulativas. Y ellas no pueden ser traducidas en un programa de
acción, pero sí nos pueden rescatar de la mentalidad esquemática y, a la larga,
oportunista y amoral de tantos liberales latinoamericanos. Eso lo sabe bien
Vargas Llosa, pues lo ha experimentado en carne propia: fue él quien abrió las
puertas al liberalismo en el Perú con una notable audacia de pensamiento solo
para ver después a sus colaboradores y seguidores más entusiastas –políticos
viejos y nuevos, técnicos, empresarios—correr a abrazar en nombre del mercado a
una dictadura que se afirmaba liquidando el lenguaje cívico. Pero, aun si no
hubiera tenido esa experiencia, Vargas Llosa tendría las armas para cultivar
una visión más densa e interrogativa de la libertad por sus mismos orígenes
ideológicos, es decir, por ese fervoroso culto juvenil a Jean Paul Sartre que
repudió razonadamente para adoptar las ideas de Camus, primero, y de Berlin,
Hayek y Popper, después. ¿No es el pensamiento del mejor Sartre, acaso, una
interrogación problemática sobre la libertad y su inevitable correlato, la
responsabilidad, una reflexión que se sitúa en el campo de la conciencia humana
y que se pregunta qué libertad es posible dada esa conciencia limitada, porosa,
intimidada y, sin embargo, voluntariosa y deseante? ¿No es, acaso, ese sustrato
de dudas y suspicacias filosóficas, esa relación inquisitiva con la libertad,
lo que comunica su mayor potencia artística a novelas como La ciudad y los perros y Conversación
en la Catedral, lo que les permite trascender el virtuosismo formal para
convertirse en auténticas exploraciones estéticas, es decir, en vehículos de
pensamiento e interrogación? Cuando se lee a Vargas Llosa sobre Hayek o Popper
se echa de menos al lector de Georges Bataille y su anunciación del fondo
bestial del ser humano, de Flaubert y su escepticismo sobre los poderes de la
urbanidad, de Faulkner y su glorificación de un pasado turbulento que
relativiza nuestras ideas más felices y conformistas de la modernidad. Al leer
a Vargas Llosa mientras expone su canon liberal de manera tan rectilínea y confiada
uno quisiera ver infiltrarse en el libro al antiguo sartreano, del mismo modo
en que al leer a otro formidable converso, Octavio Paz, uno se tropieza con la
voz sedicente del joven poeta surrealista que alguna vez fue socavando su fe en
el mercado, en la buena conciencia burguesa y en la autosuficiencia de la
razón.
Y en esa falta de un careo entre Vargas Llosa y Vargas Llosa residen el mayor misterio y la mayor desazón generados por este libro. La llamada de la tribu es presentada como una autobiografía intelectual, pero no lo es. O lo es solo en el sentido obvio en que, para todo lector, la historia de su vida es la historia de sus lecturas. Pero en este caso el lector es sobre todo un escritor. Y, por ello, un recuento autobiográfico de sus lecturas liberales tendría que decirnos, también, cómo es que ellas se entrecruzan con su escritura, cómo la alimentan y, sobre todo, cómo entran en fricción con ella. Y ese tema –el de las lecturas ideológicas y la ficción—es de particular interés en la producción de Vargas Llosa. Quien se haya aburrido con el anodino narcisista que es Rigoberto habrá advertido ahí, al menos, una involuntaria reducción al absurdo del individuo soberano de la vulgata liberal. Quien se haya topado con las dudas secretas del narrador de El Hablador o las dudas agónicas de Roger Casement, en El sueño del celta, sobre el poder bienhechor de la colonización europea, habrá notado algunas grietas furtivas en la monolítica creencia de Vargas Llosa en el papel redentor del Occidente moderno. El ensayista y el creador de ficciones que conviven en Vargas Llosa han existido siempre en una aguda tensión. Habría sido un gran servicio al pensamiento liberal que esa tensión se hubiera trasladado a estos ensayos. Porque o el liberalismo es un pensamiento crítico, una duda metódica y constante, o es una resignación al sentido común
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